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July/August 2007
» Contenidos de esta Edición
¬ ¿Existe realmente el mundo espiritual?
¬ Si usted se enfrenta con el lado oscuro del mundo espiritual...
¬ ¿Qué hacemos con nuestro tiempo?
¬ El Día de Expiación: La reconciliación con Dios
¬ El peligroso lado oscuro del mundo espiritual
¬ ¿Qué es la ‘canalización síquica’?
¬ Crecimiento espiritual: De la inmadurez a la inmortalidad
¬ Contacto con el pueblo de Dios: Clave para el éxito espiritual
¬ Dar fruto: Un aspecto vital del crecimiento espiritual
¬ La paz mundial: Una promesa segura
   

 

Crecimiento espiritual:
De la inmadurez a la inmortalidad

En artículos anteriores hemos explicado la importancia de algunos recursos esenciales para la transformación espiritual: estudio de la Biblia, ayuno, bautismo y la iglesia. Veamos ahora
cómo debemos utilizar estos elementos para poder alcanzar nuestra meta final: ¡la vida eterna!

Por Donald Hooser

El propósito de esta vida humana temporal es buscar y prepararnos para la vida en el eterno Reino de Dios (Juan 3:15-16). Si usted aún no lo considera así, Dios desea que haga de esto el propósito fundamental de su vida (Lucas 12:31). Es necesario que utilice correctamente los recursos espirituales que Dios pone a nuestro alcance y que empiece a avanzar hacia esta meta. O tal vez usted comenzó esta carrera, pero ahora está desanimado y ha vuelto a caer en sus antiguos hábitos. Le sugerimos, pues, que lea este artículo porque queremos mostrarle cómo disfrutar de un progreso sólido y estable.

La vida física es un proceso de cambio y desarrollo continuos, y así sucede con la vida espiritual también. Debemos estar siempre aprendiendo, cambiando, venciendo y sirviendo para que cada vez nos parezcamos más a Jesucristo. Para aquellos que están espiritualmente muertos o dormidos, las palabras de Dios dicen: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos . . . aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:14-16).

No se sienta abrumado. Dios no espera que demos pasos gigantescos. Lo que busca es que nuestros pasos, sin importar de qué tamaño sean, se dirijan hacia adelante. No se detenga en los errores del pasado ni en las preocupaciones acerca del futuro. Concéntrese en lo que necesita hacer hoy y agradézcale a Dios por cada adelanto que logre (Filipenses 3:12-14; Mateo 6:33-34).
Cuando inicialmente somos “bautizados en Cristo”, somos como “niños en Cristo” (Gálatas 3:27; 1 Corintios 3:1). Pero no debemos permanecer así. “Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 Pedro 2:2).

Jesús nunca dijo que seguirlo a él y, por ende, entrar en el Reino de Dios fuera cosa fácil. Lo comparó con pasar por una puerta estrecha, diciendo que muy pocos podrían lograrlo en esta época (Lucas 13:24). Pero es lo más valioso que existe y vale la pena pagar este precio. Jesús comparó el Reino de Dios con un tesoro y una “perla preciosa” (Mateo 13:44-46). Por el Reino de Dios se justifica cualquier sacrificio que tengamos que hacer (Lucas 14:33).

Dios no espera que confiemos en nuestra propia fuerza. Espera que trabajemos con diligencia, como si el éxito dependiera de nosotros mismos, pero orando intensa y regularmente, con la certeza de que finalmente el éxito dependerá de él (Filipenses 2:12; 2 Timoteo 2:15; Proverbios 3:5-6).

Armadura espiritual

Pablo comparó los recursos o estrategias de Dios para entrar en su reino con una armadura y con armas, porque todo aquel que trata de seguir a Cristo se encuentra automáticamente en una guerra espiritual con nuestro gran enemigo, Satanás el diablo (Lucas 10:19; 2 Tesalonicenses 3:3).
Pero si somos valientes y utilizamos el equipo que Dios nos provee, no estamos desamparados. “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11). Los versículos siguientes mencionan la armadura con que Dios nos protege.
El versículo 17 define cuál es la principal arma de ataque —“la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios”— lo cual implica que debemos estudiar, entender y vivir por lo que Dios nos enseña en la Biblia. Esto está relacionado en el versículo siguiente con la oración.

Las armas de Dios y su armadura son algo muy poderoso (2 Corintios 10:4). Pero ¿utilizaremos esa armadura y esas armas? ¿Y aprovecharemos los recursos espirituales que hemos mencionado en artículos anteriores?

Recordemos que es necesario tener el propósito de orar y estudiar la Biblia diariamente, así como de meditar en ella. De la misma forma en que nos sentimos débiles cuando dejamos de comer, empezamos a debilitarnos espiritualmente cuando no recibimos nutritivo alimento espiritual.
Necesitamos ayunar de vez en cuando, con el propósito de establecer y mantener una relación correcta y sólida con Dios. Necesitamos arrepentirnos genuinamente cada vez que nos damos cuenta de que hemos pecado. Para recibir el perdón de Dios y su gracia, necesitamos ser bautizados (Hechos 2:38). Entonces podremos recibir el don del Espíritu Santo, lo que nos hace parte del cuerpo de Cristo, su iglesia (1 Corintios 12:13).

Necesitamos participar activamente en la iglesia por el resto de nuestra vida. Así podremos recibir muchas bendiciones y tendremos la oportunidad de servir a Dios sirviendo a sus hijos.

Debemos crecer hasta alcanzar la madurez

No debemos quedarnos estancados; ¡debemos seguir creciendo! En Efesios 4 Pablo explica de una manera maravillosa el propósito de la Iglesia de Dios y sus dirigentes: “. . . a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe . . . a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no seamos niños fluctuantes . . . sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (vv. 11-15).

Tal vez la mejor definición que podamos dar de madurez espiritual es el amor según Dios, bellamente descrito en 1 Corintios 13, “el capítulo del amor”.

Aumente o renueve su celo

Cuando Pablo le escribió a Timoteo, de seguro tenía razones para creer que el celo de Timoteo se estaba enfriando, como una fogata que estaba empezando a apagarse. Así que le dijo: “Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos” (2 Timoteo 1:6). Si su fuego se está apagando, ¡debe atizarlo para que nuevamente produzca llamas!

Cuando el autor de la Epístola a los Hebreos (que aparentemente fue Pablo) les escribió a los cristianos judíos que habían estado en la Iglesia de Dios durante años, sabía que muchos habían dejado de crecer y se habían vuelto “tardos para oír” (Hebreos 5:11). Eran tan inmaduros espiritualmente que todavía necesitaban “leche” y no “alimento sólido” (v. 12), y tuvo que exhortarlos: “Por tanto . . . vamos adelante a la perfección . . .” (Hebreos 6:1).

Terminemos la carrera

Pablo comparó la vida del creyente con una carrera en la que se ganaba una recompensa invaluable, y dijo: “. . . Corred de tal manera que lo obtengáis [el don de la vida eterna]” (1 Corintios 9:24). También dijo: “Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios” (Hechos 20:24).

En Hebreos 12:1-2 se nos exhorta: “. . . corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe . . .”.

No basta con entrenar para participar en una carrera importante. No basta con empezar a correrla. Lo que realmente cuenta es que crucemos la línea de llegada, que alcancemos la meta. Finalmente, lo único que importa es que pasemos de la vida mortal a la vida inmortal.

Cuando Pablo supo que su “partida” estaba cerca, ya que pronto sería ejecutado, dijo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:6-8).

Esperemos que podamos decir lo mismo al final de nuestra vida. ¡Podremos hacerlo si en verdad aprovechamos los recursos que Dios nos ha dado, si le permanecemos fieles y si continuamos creciendo espiritualmente!. BN

 


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