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July/August 2007
» Contenidos de esta Edición
¬ ¿Existe realmente el mundo espiritual?
¬ Si usted se enfrenta con el lado oscuro del mundo espiritual...
¬ ¿Qué hacemos con nuestro tiempo?
¬ El Día de Expiación: La reconciliación con Dios
¬ El peligroso lado oscuro del mundo espiritual
¬ ¿Qué es la ‘canalización síquica’?
¬ Crecimiento espiritual: De la inmadurez a la inmortalidad
¬ Contacto con el pueblo de Dios: Clave para el éxito espiritual
¬ Dar fruto: Un aspecto vital del crecimiento espiritual
¬ La paz mundial: Una promesa segura
   

 

La paz mundial: Una promesa segura

Los acuerdos que los hombres han firmado en busca de la paz mundial
nunca han durado. Pero Dios ha prometido un período de paz que durará
mil años. ¿Podemos creer realmente en esa promesa?

Por Roger Foster

La historia de la humanidad es un trágico testimonio de la crueldad del hombre contra el hombre, y en nuestro mundo actual la situación no ha mejorado. Tenemos muchos conflictos que no parecen tener solución; uno de ellos, el del Cercano Oriente, una y otra vez vuelve a ocupar los titulares. Cada año el mundo es testigo de numerosos conflictos armados en los cuales mueren centenares y hasta miles de personas.

En el libro de Isaías, nuestro Creador resume nuestra aparente incapacidad para vivir en paz entre nosotros: “Sus pies corren al mal, se apresuran para derramar la sangre inocente; sus pensamientos, pensamientos de iniquidad; destrucción y quebrantamiento hay en sus caminos. No conocieron camino de paz, ni hay justicia en sus caminos; sus veredas son torcidas; cualquiera que por ellas fuere, no conocerá paz” (Isaías 59:7-8).

Qué descripción tan acertada de nuestro mundo, un mundo cuyos escasos períodos de paz no son más que breves intermedios entre guerras. Mas no siempre será así. La paz verdadera, real, vendrá. Pero primero necesitamos a alguien que establezca la paz y que sea capaz de mantenerla.
Jesucristo, el Príncipe de Paz, será ese pacificador. Esta es la misión y el propósito que se le han encomendado: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre . . . Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite . . .” (Isaías 9:6-7).

Se necesita un nuevo gobierno para poder tener paz

La paz y el buen gobierno son inseparables. Para darle paz al mundo, Jesucristo debe primero regresar y tomar el control de todas las naciones. Cuando eso suceda se anunciará: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11:15).

El profeta Daniel tuvo una visión anticipada de Jesucristo y de su reino: “Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (Daniel 7:14).

Esta es nuestra esperanza de paz: que Jesucristo regrese para cambiar el mundo. ¡Y qué maravilloso mundo tendremos entonces!

Veamos la promesa de ese maravilloso mundo que vendrá. Estudiemos al respecto y aprendamos cómo es que Jesucristo va a traerle paz al mundo. Veamos también por qué esa paz perdurará.
Lo primero que hará Dios para establecer la paz mundial será enviar de regreso a la tierra a Jesucristo, “quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:20-21).

Como Rey de reyes, inmediatamente empezará a restaurar los principios de Dios para gobernar la tierra y sus habitantes. En muchas de las profecías encontramos la promesa de la restauración, que siempre se presenta como la única solución duradera de todos los problemas y dificultades que los profetas describen en forma tan gráfica.

Jesús regresará al monte de los Olivos, al oriente del monte del templo en Jerusalén (Zacarías 14:4). Inmediatamente empezará a instaurar su gobierno sobre toda la tierra, estableciendo a Jerusalén como capital de su gobierno (vv. 9, 17). Cuando ya esté totalmente instituido, su gobierno producirá paz y justicia en todo el mundo, y esto va a durar ininterrumpidamente por espacio de mil años.

Durante ese tiempo los mártires re-su-ci-ta-dos y los santos de Dios compartirán con él la supervisión de la nueva era de paz (Apocalipsis 3:21). El apóstol Juan dice claramente que vivirán y reinarán “con Cristo mil años” (Apocalipsis 20:4).

Judas también menciona algo al respecto: “De éstos también profetizó Enoc . . . diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente . . .” (Judas 14-15).
Y Daniel dice: “y que el reino, y el dominio y la majestad de los reinos debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino eterno, y todos los dominios le servirán y obedecerán” (Daniel 7:27).

El camino de Dios traerá grandes bendiciones

Jesucristo reinará desde Jerusalén. Las primeras personas que van a experimentar su gobierno serán los descendientes de la antigua Israel. De inmediato, Jesús establecerá una relación duradera con ellos.

Hace muchos años Dios anunció por medio de sus profetas: “Y haré con ellos pacto de paz, pacto perpetuo será con ellos; y los estableceré y los multiplicaré, y pondré mi santuario entre ellos para siempre. Estará en medio de ellos mi tabernáculo, y seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y sabrán las naciones que yo el Eterno santifico a Israel, estando mi santuario en medio de ellos para siempre” (Ezequiel 37:26-28).

“Porque esto me será como en los días de Noé, cuando juré que nunca más las aguas de Noé pasarían sobre la tierra; así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te reñiré . . . no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo el Eterno, el que tiene misericordia de ti” (Isaías 54:9-10).

Cuando el trono de Cristo sea establecido en Jerusalén, el pueblo de Israel desempeñará un papel importante colaborando para que otras naciones conozcan y adopten los caminos de Dios. Después de perdonarles sus pecados pasados, Dios utilizará a un Israel humilde y arrepentido para propagar el conocimiento de su ley a otras naciones.

El mundo entero será enseñado —y gradualmente estará bajo el gobierno— en un código unificado de justicia: la ley de Dios. Este cambio fundamental en el gobierno del mundo será coordinado por Jesucristo desde Jerusalén.

Al hablar de los descendientes vivos de Israel, Dios dice: “He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad. Y haré volver los cautivos de Judá y los cautivos de Israel, y los restableceré como al principio. Y los limpiaré de toda su maldad con que pecaron contra mí; y perdonaré todos sus pecados con que contra mí pecaron, y con que contra mí se rebelaron. Y [Jerusalén] me será a mí por nombre de gozo, de alabanza y de gloria, entre todas las naciones de la tierra, que habrán oído todo el bien que yo les hago; y temerán y temblarán de todo el bien y de toda la paz que yo les haré” (Jeremías 33:6-9).

A medida que el pueblo de Israel aprenda a seguir los caminos de Dios, su ejemplo será una poderosa influencia para otras naciones, que se verán motivadas a vivir de la misma forma y cosecharán las bendiciones por hacerlo así.

“Y vendrán muchos pueblos y fuertes naciones a buscar al Eterno de los ejércitos en Jerusalén, y a implorar el favor del Eterno. Así ha dicho el Eterno de los ejércitos: En aquellos días acontecerá que diez hombres de las naciones de toda lengua tomarán del manto a un judío, diciendo: Iremos con vosotros, porque hemos oído que Dios está con vosotros” (Zacarías 8:22-23).

Las naciones verán que seguir las leyes de Dios es algo que funciona. Vendrán a Jerusalén para aprender cómo aplicarlas en sus propias tierras. “Vendrán muchas naciones, y dirán: Venid, y subamos al monte del Eterno, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas; porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Eterno” (Miqueas 4:2).

En esa época “la tierra será llena del conocimiento del Eterno, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9).

Los frutos de aplicar el conocimiento correcto

Con Jesucristo en Jerusalén, la ciudad se convertirá en el centro de aprendizaje para todo el mundo. Las Sagradas Escrituras, la Biblia, serán el fundamento sólido para la educación y el conocimiento.

Notemos algunos de los cambios que Jesucristo efectuará. En lugar de cosechar maldiciones, las personas verán bendiciones en la tierra. “Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié. Porque con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos; los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso. En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán; y será al Eterno por nombre, por señal eterna que nunca será raída” (Isaías 55:11-13).

La prosperidad se incrementará, y el crimen y la corrupción desaparecerán. “En vez de bronce traeré oro, y por hierro plata, y por madera bronce, y en lugar de piedras hierro; y pondré paz por tu tributo, y justicia por tus opresores. Nunca más se oirá en tu tierra violencia, destrucción ni quebrantamiento en tu territorio, sino que a tus muros llamarás Salvación, y a tus puertas Alabanza” (Isaías 60:17-18).

La transformación espiritual de la humanidad

Pero se necesita algo más que sólo conocimiento para traer paz y colaboración a la humanidad. Tiene que operarse un cambio espiritual en todas las personas. Esta transformación en el pueblo de Israel hará que otros admiren su forma de vida y quieran imitarla.

Dios le dice a Israel: “Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:24-27).

La restauración espiritual de la humanidad es el cambio más importante que ocurrirá durante ese período de mil años. El Espíritu de Dios capacitará a las personas para que quieran obedecer a Dios con todo su corazón y todas sus fuerzas. “Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Eterno: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33; Hebreos 8:10).
El Espíritu de Dios producirá en las personas un cambio social increíble, que incluirá justicia universal, liderazgo íntegro y una sociedad estable. “Restauraré tus jueces como al principio, y tus consejeros como eran antes; entonces te llamarán Ciudad de justicia, Ciudad fiel” (Isaías 1:26).
Estos cambios serán permanentes. “Y tu pueblo, todos ellos serán justos, para siempre heredarán la tierra . . . El pequeño vendrá a ser mil, el menor, un pueblo fuerte. Yo el Eterno, a su tiempo haré que esto sea cumplido pronto” (Isaías 60:21-22).

Cada nueva generación estará preparada para continuar con la tradición de la justicia. “Y todos tus hijos serán enseñados por el Eterno; y se multiplicará la paz de tus hijos” (Isaías 54:13).

Su ejemplo será notorio y será respetado en todo el mundo. “Y la descendencia de ellos será conocida entre las naciones, y sus renuevos en medio de los pueblos; todos los que los vieren, reconocerán que son linaje bendito del Eterno” (Isaías 61:9).

A medida que otras naciones vean lo que ocurre en Jerusalén y sus alrededores, ellas también querrán servir al Dios viviente y humildemente obedecer sus leyes: “Y a los hijos de los extranjeros que sigan al Eterno para servirle, y que amen el nombre del Eterno para ser sus siervos; a todos los que guarden el día de reposo para no profanarlo, y abracen mi pacto, yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración . . . porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos” (Isaías 56:6-7).

Finalmente, las barreras entre Israel y las otras naciones desaparecerán. Esto ocurrirá porque ellos finalmente entenderán que el evangelio “. . . es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16). Dios es Dios de todos los pueblos (Romanos 3:29).

El engaño cesará

Esta maravillosa renovación espiritual en la sociedad jamás podría darse si Dios permitiera que Satanás continuara engañando a los seres humanos de la forma en que lo hace actualmente (Apocalipsis 12:9). Inmediatamente después del regreso de Cristo, Satanás y todos sus demonios serán atados. Dios quitará por completo su influencia sobre la humanidad en los mil años siguientes.

“Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años” (Apocalipsis 20:1-2).

Al eliminar la fuente de confusión que continuamente obstaculiza y trastorna todos los intentos por lograr la paz, la transformación espiritual de la sociedad en el futuro milenio será duradera. (Si desea más detalles al respecto, no vacile en solicitar nuestro folleto gratuito ¿Existe realmente el diablo? O si prefiere, puede descargarlo de nuestro portal en Internet.)

A medida que la gente en todo el mundo empiece a obedecer a Dios —primero, definiendo correctamente sus prioridades espirituales— disfrutará de una prosperidad física sin precedentes. “He aquí vienen días, dice el Eterno, en que el que ara alcanzará al segador, y el pisador de las uvas al que lleve la simiente; y los montes destilarán mosto, y todos los collados se derretirán. Y traeré del cautiverio a mi pueblo Israel, y edificarán ellos las ciudades asoladas, y las habitarán; plantarán viñas, y beberán el vino de ellas, y harán huertos, y comerán el fruto de ellos” (Amós 9:13-14).

Isaías compara toda esa época futura con una fiesta perpetua, en la que se ofrece lo mejor de todo: “Y el Eterno de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados, de gruesos tuétanos y de vinos purificados” (Isaías 25:6).

Veamos otra descripción maravillosa de todas las bendiciones que vendrán: “Edificarán casas, y morarán en ellas; plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas. No edificarán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma; porque según los días de los árboles serán los días de mi pueblo, y mis escogidos disfrutarán la obra de sus manos. No trabajarán en vano, ni darán a luz para maldición; porque son linaje de los benditos del Eterno, y sus descendientes con ellos. Y antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído. El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey; y el polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán, ni harán mal en todo mi santo monte, dijo el Eterno” (Isaías 65:21-25).
Esta es una visión anticipada del mundo del mañana, no una ilusión, sino una realidad prometida. Si usted cree en Dios y cree lo que nos dice en las páginas de la Biblia, puede esperar con absoluta confianza que sus promesas se cumplirán. Jesucristo regresará para transformar espiritualmente este mundo y conducirlo a un paraíso literal.

Cuando Dios quite toda influencia de Satanás, le dé a la humanidad su santo Espíritu y le enseñe al mundo entero sus principios, leyes y caminos, entonces todo el mundo disfrutará de una paz duradera, y la sociedad será bendecida más allá de todo lo que nos podamos imaginar.
Sí, la paz vendrá. ¡Tenemos una promesa absolutamente segura! BN

 


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