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Carlos Darwin: La evolución de un hombre y sus ideasHan transcurrido casi 150 años desde que Carlos Darwin publicó El Origen de las Especies, libro que desató una revolución teológica, filosófica y científica. La mayoría de las personas conocen la teoría de la evolución, pero muy pocos conocen al hombre y los motivos que dieron forma a sus hipótesis.Por Mario SeiglieLos efectos sociales, sicológicos, políticos y científicos del darvinismo han sido incalculables. Los conceptos basados en la evolución darviniana impregnan la mayoría de los campos científicos, así como las perspectivas filosóficas presentadas en las escuelas, universidades y en la prensa. Recientemente, por ejemplo, el Canal Televisivo de la Ciencia nombró los 100 descubrimientos científicos más importantes de todos los tiempos, y proclamó la teoría de la evolución de Darwin como el número uno. Pero ¿quién fue realmente Carlos Darwin? ¿Por qué su teoría de la evolución causó semejante impacto? Y más importante aún, ¿es verdad lo que propuso? Se ha escrito muchísimo acerca de este hombre, pero hay dos libros (ambos escritos por defensores de la evolución) que han examinado su vida de manera exhaustiva: Darwin: The Life of a Tormented Evolutionist (“Darwin: La vida de un evolucionista atormentado”), 1992, por Adrian Desmond y James Moore, y una obra en dos volúmenes que se titulan Charles Darwin: Voyaging (“Carlos Darwin: En viaje”), 1995, y Charles Darwin: The Power of Place (“Carlos Darwin: El poder del lugar”), 2002, por la Dra. Janet Browne, profesora de la Universidad de Harvard. Además de estas biografías se encuentra la propia autobiografía de Darwin y los escritos de su hijo Francis. En el otro extremo del espectro se encuentran algunos libros que critican a Darwin y su teoría, como la publicación magistral Evolution: A Theory in Crisis (“La evolución: Una teoría en crisis”), 1985, por el bioquímico y físico Michael Denton, y Darwin on Trial (Proceso a Darwin), 1991, por el Dr. Phillip Johnson, profesor de derecho en la Universidad de California, por nombrar sólo a dos de ellos. Gran parte del material de este artículo ha sido extraído de estas fuentes de información. Los primeros años de Darwin Muchos en la actualidad creen que Darwin fue el inventor de la teoría de la evolución, pero en realidad este concepto se conocía ya en la antigua Grecia. La hazaña de Darwin consistió en proponer un mecanismo para que la evolución funcionara, es decir, la selección natural. Erasmus Darwin escribió el libro Zoonomia, que planteó varios conceptos evolutivos que más tarde serían adoptados por Carlos. Tanto Erasmus como Robert habían tenido éxito como médicos. Ambos eran decididamente anticristianos, aunque se cuidaban mucho de exponer sus ideas en público. “El nombre de Darwin —escriben Desmond y Moore— ya estaba asociado con el ateísmo subversivo. El mismo Dr. Robert era un librepensador clandestino . . .” (p. 12). Finalmente, Carlos Darwin rechazó el cristianismo, en parte porque no podía aceptar el destino que según esta religión les esperaba a los incrédulos como su abuelo, su padre, su hermano mayor y aun a él mismo. En su autobiografía afirmó lo siguiente: “Así, el escepticismo se apoderó de mí de manera lenta, pero total. Su avance fue tan paulatino que no sentí ninguna angustia, y desde entonces, jamás he dudado ni por un momento de lo acertado de mi conclusión. ”Por el contrario, se me hace muy difícil entender cómo alguien puede siquiera desear que el cristianismo sea la verdad; porque el lenguaje simple de su texto parece indicar que los hombres incrédulos, y esto incluye a mi padre, a mi hermano y a casi todos mis mejores amigos, serán castigados eternamente. Y esta es una doctrina abominable”. Lamentablemente, Darwin había sido influenciado por una perspectiva errónea, aunque ampliamente aceptada, sobre la doctrina del cristianismo. (Si usted desea más información sobre lo que la Biblia enseña acerca de este tema, puede solicitar o descargar de Internet nuestro folleto gratuito ¿Qué sucede después de la muerte?) La madre de Carlos murió trágicamente cuando éste tenía ocho años, y el muchacho se convirtió, tal como su padre y su abuelo, en un librepensador. En su autobiografía escribió: “Aquí debo confesar que de niño yo era muy dado a inventar mentiras deliberadas, siempre con el propósito de provocar conmoción” (énfasis agregado en todo el artículo). “Él era un buscador de atención; quería alabanzas” —agregan Desmond y Moore—. Hacía cualquier cosa en la escuela ‘por el puro placer de atraer atención y asombro’, y sus elaboradas ‘mentiras’ . . . le brindaban mucha satisfacción, como en una tragedia. Inventaba cuentos acerca de la historia natural . . . En una ocasión inventó una intrincada historia diseñada exclusivamente para mostrar su gran inclinación a decir la verdad. Esta era su manera de manipular al mundo en su condición de niño” (p. 13). Janet Browne concuerda: “Frecuentemente mentía diciendo que había visto ciertos pájaros muy extraños. Sus mentiras no le provocaban ningún sentimiento de culpa . . . En realidad, sólo reflejaban sus ansias de atención. Quería ser admirado . . . Sus mentiras —y la emoción que derivaba de ellas— eran para él indistinguibles de las delicias de la historia natural” (Charles Darwin: Voyaging, pp. 13-14) Esta tendencia a relatar cuentos ingeniosos pero infundados, y su afición a ocultar secretos, reaparecerían en su vida adulta. Como destaca uno de sus biógrafos: “Siempre habrá un inescudriñable misterio en torno al origen de la teoría de la selección natural, del mismo modo que siempre habrá una enigmática neblina alrededor del verdadero Carlos Darwin” (Loren Eiseley, Darwin and the Mysterious Mr. X [“Darwin y el misterioso Sr. X”], 1979, p. 93). Darwin no fue un buen estudiante. Interrumpió sus estudios de medicina, sólo para ser rescatado por su acaudalado padre y enviado a la Universidad de Cambridge con la esperanza de que lograra hacer algo con su vida. En su autobiografía, Darwin confiesa: “Cuando abandoné la universidad, yo era un estudiante regular, ni muy bueno ni muy malo para mi edad, y creo que era considerado por mis maestros y mi padre como un muchacho común y corriente, con un intelecto inferior al promedio. Para colmo de humillaciones, mi padre una vez me dijo: ‘Lo único que te interesa es el tiro al blanco, los perros y cazar ratones, y serás una desgracia para ti mismo y para toda tu familia’”. Alrededor del mundo en el Beagle Aunque su padre rechazaba el cristianismo, pensaba que lo mejor para su indisciplinado y despreocupado hijo sería vivir la cómoda vida de un párroco rural, para poder así dedicarse plácidamente a sus intereses en la historia natural. De hecho, Darwin completó su carrera en teología y por un tiempo aceptó las Escrituras, pero antes de que pudiera conseguir un trabajo como clérigo, se le ofreció un puesto en el navío británico Beagle, como compañero de mesa del capitán. Aquellos cinco años de circunnavegar el mundo cambiarían radicalmente su vida y sus creencias. Cuatro grandes experiencias dieron forma al futuro de Darwin. La primera fue el viaje mismo, que solidificó su capacidad de asombro y su amor por la historia natural y la geología, que continuarían durante toda su vida. Segundo, se rebeló contra el cristianismo intolerante del capitán de la nave, Robert FitzRoy. Tercero, leyó los libros de geología de Charles Lyell en los que éste afirmaba que nuestro planeta tenía millones de años de antigüedad, lo que debilitó su fe en la Biblia y acabó con cualquier deseo de trabajar como clérigo. Cuarto, quedó perplejo por las diferentes variedades de criaturas que conoció, especialmente en las islas Galápagos. Se preguntó cómo podían estas especies, tan disímiles entre sí, encajar en los relatos creacionistas de su época. A su regreso a Inglaterra, exhausto por la prolongada y azarosa travesía, juró nunca más volver a navegar. Pasaría la mayor parte de sus días restantes dentro de su casa rural en Downe y en Londres, a unos 24 kilómetros de distancia. A los 29 años se casó con su prima hermana Emma, y según parecía, se convertiría en otro aristócrata británico, viviendo cómodamente del dinero de su padre, rodeado por un séquito de cocineros, sirvientas, mayordomos y jardineros. Nunca fue empleado por nadie y tuvo toda la riqueza y el tiempo libre que necesitaba para dedicarse a cualquier cosa que le interesara. Ideas conflictivas Así fue cómo Carlos Darwin consagró su vida al estudio de la naturaleza, motivado por un profundo anhelo de hacerse un nombre como naturalista. Al leer el libro Essay on the Principle of Population (“Ensayo sobre el principio de la población”), de Thomas Malthus, le causó impacto la gran similitud entre la encarnizada batalla del hombre por los limitados recursos naturales y la constante pugna por la supervivencia que veía en la naturaleza, lo que le dio las posibles bases para la evolución: la selección natural, o la supervivencia del más apto. “Por fin tenía una teoría que me servía de marco”, escribió. Según el concepto de Darwin, las mutaciones genéticas fortuitas les darían a algunos individuos ciertas ventajas físicas sobre los demás. Estas criaturas mejor dotadas sobrevivirían a sus congéneres en su lucha contra las condiciones ambientales y entre ellas mismas, lo que las capacitaría para reproducirse más numerosamente y pasar estas ventajas genéticas a la siguiente generación. Darwin se imaginó que en el transcurso de muchas generaciones, esto daría origen a especies completamente nuevas, explicando así la gran diversidad de flora y fauna que vemos. Mientras meditaba sobre la evolución, que en ese entonces se llamaba “transmutación”, Darwin comenzó a dudar de la necesidad de un Dios creador. Empezó a escribir apuntes secretos sobre el tema en su cuaderno, temeroso de divulgar sus ideas extremistas. Siendo un respetable hacendado, con una esposa cristiana y muchos amigos también cristianos, quería mantener sus ideas heréticas en secreto. Él mismo dijo que tales pensamientos lo hacían sentir como si debiera “confesar un asesinato”. Por tales motivos, disfrazó astutamente sus ideas y se valió de muchos eufemismos. “Empezó a inventar técnicas para disimular su materialismo —dicen Desmond y Moore—. No lo menciones, se amonestaba a sí mismo, habla sólo de comportamiento mental hereditario: ‘Para evitar decir cuánto creo en el materialismo’, escribió apresuradamente, ‘refiérete sólo a las emociones, instintos y grados de talento que son hereditarios . . .’. Ya estaba aprendiendo a cuidar sus palabras” (p. 259). Sin embargo, en sus cuadernos secretos era lo suficientemente franco como para decirse a sí mismo: “¡Ay, tú el materialista!” En la terminología de esos tiempos, este adjetivo describía a alguien que creía que lo único existente en el universo era la materia, y que ese universo estrictamente material era gobernado por leyes físicas, sin la necesidad de un Creador. Pero mientras se esforzaba por vivir una vida respetable que exteriormente parecía muy normal, su conciencia se destruía debido a sus creencias conflictivas. “Pero ahora, en lo profundo de su trabajo clandestino —continúan Desmond y Moore—, recopilando apuntes que escandalizarían a sus compatriotas geólogos, su salud comenzó a resentirse. Estaba viviendo una doble vida con doble criterio, incapaz de comentar su trabajo sobre las especies con nadie . . . por miedo a ser acusado de irresponsable, de irreligioso, o de algo peor” (p. 233). Dos muertes devastadoras A continuación recibió dos durísimos golpes en el seno de su joven familia. La muerte de su amada hija Annie a los 10 años, seguida un año más tarde por el fallecimiento de su primogénito William, le provocaron un gran resentimiento contra Dios. “Esta muerte fue el comienzo oficial de la disociación consciente de Darwin de su creencia en la figura tradicional de Dios . . . La desolación lo invadió. El adormecimiento gradual de sus sentimientos religiosos . . . y el mundo ateo de la selección natural que aún estaba creando, se enfrentaron implacablemente con el vacío de su aflicción” (Browne, ob. cit., p. 503). Irónicamente, algunos podrían decir que Darwin fue una víctima de su propia teoría de selección natural debido a los peligrosos riesgos de la endogamia (matrimonio entre parientes). En 1839 Darwin se casó con Emma, su prima hermana. Desde hacía ya bastante tiempo ambas familias se habían emparentado por medio de matrimonios entre primos, una peligrosa práctica genética. De estas uniones conyugales entre primos hermanos nacieron 26 hijos; 19 fueron estériles y cinco murieron prematuramente, incluso dos de los hijos de Darwin. Muchos de ellos sufrieron de retraso mental u otras enfermedades hereditarias, como fue el caso de su último hijo. Todos estos efectos engendraron en Darwin una gran hostilidad hacia el concepto de un Dios personal e interventor. “El capellán del diablo” En ese momento de su vida, Darwin tenía grandes conflictos en cuanto a la publicación de su teoría, muy temeroso del ostracismo que podría acarrearle. Moore añade: “La tensión se hizo evidente . . . En una carta Darwin . . . estalló: ‘¡Qué libro el que podría escribir un capellán del diablo sobre las torpes, inútiles, bajas y horriblemente crueles obras de la naturaleza!’ Darwin temía ser acusado de escribir tal libro, el cual lo revelaría como infiel y lo expondría al castigo, como le ocurrió al capellán del diablo original, Robert Taylor, graduado de Cambridge y sacerdote apóstata que fue encarcelado dos veces por blasfemia” (“Darwin—A Devil’s Chaplain?” [“Darwin: ¿Capellán del diablo?”], edición de Internet). Finalmente escribió lo que llamó su “libro maldito”, pero la mayoría de sus apuntes estuvieron escondidos durante 20 años. Sólo después de que un colega, Alfred Russell Wallace, le mandara un documento que contenía básicamente la misma teoría, Darwin se puso en acción. Temiendo que Wallace pudiera llevarse los honores por la teoría, en una reunión científica Darwin leyó su propio ensayo y luego el de Wallace. Desde el momento en que comenzó a escribir sus cuadernos secretos sobre la evolución y el materialismo, empezó a sufrir terribles enfermedades sicosomáticas que duraron casi toda su vida. Su frágil estado de salud se prolongó por 40 años. Y no sólo sufría de lo que parecían ser enfermedades de origen sicológico, sino que además lo atormentaban las dudas en cuanto a su libro. A algunos de sus amigos científicos les confesó: “No es más que un harapo de hipótesis, con tantas fallas y agujeros como aciertos . . . [pero] al menos puedo llevar en ella mi fruta al mercado . . . Un pobre harapo es mejor que nada cuando uno tiene que transportar su fruta hasta el mercado”. A otro colega le escribió: “He . . . dedicado mi vida a una fantasía” (citado por Desmond y Moore, pp. 475-477). La fruta que quería vender era su teoría de la evolución, que incluía un ataque directo a los conceptos aceptados de Dios, del cristianismo y de la Biblia. ¡Qué fruta más mortal! Como explican Desmond y Moore: “Al sumergirse en las profundidades radicales, Darwin vio las consecuencias catastróficas. ‘Una vez que se acepta que las especies . . . se pueden transformar en otras . . . toda la estructura se debilita y se desploma’. Su blanco de ataque era el ‘andamio’ creacionista y todo lo que incluía. Miró al futuro y vio el colapso del antiguo edificio de lo milagroso” (p. 243). Un hombre para su época Aunque las dudas lo atormentaban, las ideas de Darwin aparecían en un momento muy oportuno para él. El impacto de la revolución francesa y el derrocamiento de muchas monarquías y potencias eclesiásticas europeas afectaban profundamente ese período de la historia. En su autobiografía Darwin escribió: “No hay nada más notable que el avance del escepticismo o del racionalismo en la segunda mitad de mi vida”. Él pudo aprovechar los revolucionarios vientos políticos y sociales que soplaban a su favor. La era del positivismo había llegado, prometiendo que la ciencia conduciría al mundo a una época de constante progreso científico y material, y que por fin contestaría todos los interrogantes humanos y resolvería sus problemas sin la ayuda de la religión. También fue un tiempo en que las iglesias británicas eran consideradas por muchos radicales como corruptas y obsoletas. Darwin propuso una teoría que básicamente reemplazaba al Dios creador; según ella, sólo se requerían mecanismos físicos e indirectos tales como la selección natural y la adaptación para llevar a cabo la obra creadora. Desmond y Moore afirman: “Su concepto ya no era el de un mundo sostenido personalmente por un Dios aristocrático, sino de un mundo creado por sí solo. Desde los equinodermos [criaturas marinas tales como las estrellas de mar] hasta los ciudadanos ingleses, todos habían surgido como resultado de una redistribución legítima de la materia viviente, en respuesta a un ambiente geológico que cambiaba ordenadamente” (p. 237). Cabe mencionar que en las ediciones posteriores de El origen de las especies Darwin agregó el término “Creador” en algunos lugares y en su conclusión. Afirmó: “En esta perspectiva de la vida, con todos sus poderes, existe una grandiosidad que debe haber sido inspirada originalmente por el Creador en unas cuantas formas [de vida] o en una sola”. Sin embargo, más tarde confesó a sus enfurecidos colegas que había hecho dichos comentarios acerca de una evolución teísta o deísta solamente para apaciguar los sentimientos de su esposa y del público cristiano. Aun así, Darwin confesó su vacilación frente a sus propias ideas, por lo que se declaró agnóstico. En una carta fechada en 1879 escribió: “Yo nunca he sido un ateo en el sentido de rechazar la existencia de un Dios . . . El término ‘agnóstico’ describe más acertadamente mi pensamiento” (carta de Darwin a J. Fordyce, publicada por éste en Aspects of Scepticism [“Facetas del escepticismo”], 1883). Consecuencias de la teoría Los resultados de la teoría de la evolución darviniana fueron dramáticos. Tanto el ateísmo como el secularismo se hicieron inmensamente populares. En una famosa declaración de Richard Dawkins, uno de los más ardientes defensores modernos de Darwin y del ateísmo: “Darwin hizo posible que pudiéramos convertirnos en ateos intelectualmente satisfechos” (The Blind Watchmaker [“El relojero ciego”], 1986, p. 6). Así, el materialismo científico se esparció como reguero de pólvora. En agradecimiento a Darwin, Carlos Marx, padre del comunismo, le envió su libro más importante sobre la teoría comunista, Das Kapital y le escribió lo siguiente a su colega comunista Friedrich Engels: “Aunque escrito en el burdo estilo inglés, en el campo de la historia natural este libro [El origen de las especies] establece los cimientos para nuestras perspectivas”. A otro colega le dijo que el trabajo de Darwin “conviene a mis propósitos, ya que provee las bases de la historia natural que explican la histórica lucha de clases” (Browne, ob. cit., p. 188). Con el tiempo, este respaldo evolucionista ayudó a configurar el marco filosófico de los flagelos del comunismo y del ateísmo en Rusia, China y en muchas otras naciones. Mientras más terreno ganaban las ideas de Darwin, más se ponían en tela de juicio los principios morales absolutos. Si no hay un Creador, entonces todo es lícito. Si no existe un Creador, entonces no hay que temer las consecuencias. Si no hay mayor autoridad que la de uno mismo, quiere decir que las teorías sobre la supervivencia del más apto son válidas y que respaldan la idea de que uno puede tener éxito aplicando la ley de la selva, según la cual sólo los más fuertes deben sobrevivir. Para coronar su hipótesis, en 1871 Darwin escribió Descent of Man (“El descenso del hombre”), donde describe el origen del hombre a partir de los simios. Este libro está colmado de especulaciones infundadas y aun de afirmaciones racistas, incluso una sobre la supremacía blanca (según ella, en la cadena de evolución progresiva los blancos son considerados más alejados de los simios que los negros). Más tarde, en la segunda guerra mundial Adolfo Hitler se valió de algunas de estas ideas, llamadas “darvinismo social”, para erradicar a millones de judíos y otros grupos que él consideraba como racialmente inferiores. Hitler dijo: “La naturaleza es cruel, por lo tanto, nosotros también podemos ser crueles . . . ¡Yo tengo todo el derecho a eliminar a millones de seres de una raza inferior que se multiplican como sabandijas! . . . Los instintos naturales ordenan que los seres vivos no sólo conquisten a sus enemigos, sino que además los destruyan” (citado por Hermann Rauschning en The Voice of Destruction [“La voz de la destrucción”], 1940, pp. 137-138. En efecto, Hitler pudo afirmar que estaba aplicando la teoría de la evolución y sólo estaba acelerando el inevitable final de los más débiles. Según él, esto era necesario para darle espacio a una raza superior y mejor dotada. Los postulados de Darwin le dieron lo que él consideró la validación científica y moral de sus torcidas ideas, y debido principalmente a esas torcidas ideas ¡murieron alrededor de 65 millones de personas en la segunda guerra mundial! Las fallas de la teoría de Darwin A medida que se alcanzan más descubrimientos científicos, entre ellos la intrincada configuración del genoma humano ADN (consistente en las instrucciones cuidadosamente ordenadas de 3000 millones de letras genéticas), la increíble complejidad de la célula y la inexistencia de millones de formas de transición entre los diferentes tipos de plantas y animales, la teoría de Darwin está en claros aprietos. En 1997 Patrick Glynn, un ex ateo con un doctorado de la Universidad de Harvard, escribió: “Hace tan sólo 25 años una persona sensata que hubiese considerado únicamente los datos científicos sobre este tema, probablemente se hubiera inclinado al escepticismo. Pero actualmente ya no es así. Hoy en día la información concreta apunta fuertemente hacia la hipótesis de un Dios” (God: The Evidence [“Dios: Las pruebas”], 1997, pp. 55-56). Pero muchos científicos se niegan a rechazar la evolución debido a sus implicaciones teológicas y filosóficas. En cierta ocasión Richard Lewontin, biólogo de Harvard, dijo con franqueza: “Estamos de parte de la ciencia a pesar de la evidente ridiculez de algunos de sus postulados, a pesar de la tolerancia de la comunidad científica en cuanto a las infundadas historias idealistas, ya que nos comprometimos anteriormente . . . con el materialismo . . . No podemos permitir que un Pie Divino se introduzca por la puerta” (“Billions and Billions of Demons” [“Millones de millones de demonios”], New York Review of Books, 9 de enero de 1997, p. 31) ¿Dónde están las pruebas? Por supuesto, lo que a Darwin siempre le faltó fueron las pruebas de las formas de transición entre los organismos unicelulares y los multicelulares, entre los reptiles y los mamíferos, y entre los simios y los hombres, por nombrar sólo a unos pocos. Él llegó a preguntarse: “¿Por qué, entonces, no está atestado de eslabones intermedios cada formación geológica y cada estrato? De hecho, la geología no revela en absoluto semejante cadena orgánica, finamente graduada; y esta es, quizá, la objeción más obvia y seria que puede esgrimirse en contra de la teoría” (The Origin of Species [“El origen de las especies”], 1958, edición Mentor, pp. 293-294). ¿Qué hizo entonces Darwin? Trató de explicar la ausencia de pruebas fosilizadas diciendo que los datos geológicos eran imperfectos y que no había habido muchas excavaciones. Sin embargo, en la actualidad y de acuerdo con el bioquímico Michael Denton, de los 44 órdenes de vertebrados terrestres vivos, se han encontrado ejemplos fosilizados de 43 de ellos (es decir, ¡más del 97 por ciento!). Y entre estos grupos no se ha hallado ninguna forma en transición; ni siquiera, por ejemplo, algo entre las escamas de los reptiles y las plumas de las aves, dos grupos de criaturas supuestamente relacionados. El paleontólogo Stephen Jay Gould reconoció que “la extrema rareza de las formas de transición entre los fósiles sigue siendo el secreto profesional de la paleontología” (The Panda’s Thumb [“El pulgar del panda”], 1980, p. 181). Si la teoría de Darwin fuera correcta, deberían existir millones de formas de transición: plantas y animales en diferentes estados de transformación entre una clase de criaturas y otra, debido a la mutación y la selección natural. Más aún, si la evolución fuera cierta, deberíamos ver muchas más formas en estado de transición que en su estado final de desarrollo y funcionamiento. Y entre el más de un millón de especies que habitan la tierra, y los tipos fosilizados aún más numerosos, al menos deberíamos poder observar unas cuantas criaturas en pleno estado de mutación. Sin embargo, no se ha encontrado ninguna. Según algunos informes, ya al final de su vida Darwin experimentó un cambio en su modo de pensar, tal vez arrepentido por lo lejos que sus ideas habían llegado y quizá aceptando la idea de salvación por medio de Jesucristo (aunque sin dejar de creer en la evolución). Aunque esto es posible, debido a que Darwin consideraba que las creencias personales eran algo privado, ninguno de sus familiares confirmó la veracidad de tales afirmaciones, ni siquiera su esposa creyente. Pero aun de haber sido así, a la sociedad no le hubiera importado en absoluto, ni sus discípulos hubieran vuelto atrás. Los biógrafos Desmond y Moore concluyen su libro en la página 677 con la siguiente escena, mientras Darwin era sepultado solemnemente en la capilla de la abadía de Westminster: “Marcó el ascenso al poder de los comerciantes en el mercado de la naturaleza, de los científicos y sus secuaces en la política y la religión. Tales hombres estaban pagando sus debidos respetos a Darwin, porque él había naturalizado la creación y les había entregado la naturaleza humana y el destino del hombre en sus manos. La sociedad ya nunca sería la misma. El ‘capellán del diablo’ había completado su obra”. BN
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