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Mitos de la evolución, Parte 1Si la teoría de la evolución es algo tan infalible, ¿por qué suscita tantas dudas? ¿Por qué tantos luchan desesperadamente para evitar que se consideren otras opciones? Pero más importante aún, ¿qué es lo que muestran realmente las pruebas?Por Mario SeiglieHoy, en los albores del siglo xxi, la teoría de la evolución sigue siendo el concepto predominante en las escuelas y en los medios de comunicación para explicar la aparición de la asombrosa variedad de más de un millón de especies vivientes en el planeta Tierra. Desde luego, esta teoría no goza de la misma popularidad en todas partes del mundo. En China, por ejemplo, un paleontólogo le dijo en son de broma a uno de sus colegas estadounidenses: “En China podemos criticar a Darwin, pero no al gobierno. En los Estados Unidos ustedes pueden criticar al gobierno, pero no a Darwin” (“The Church of Darwin” [“La iglesia de Darwin”], periódico The Wall Street Journal, 16 de agosto de 1999). Curiosamente, en Francia, España, Latinoamérica y en los países islámicos no se ha aceptado la teoría con el mismo entusiasmo. No obstante, en Gran Bretaña, donde nació Darwin, y en los Estados Unidos, que ha recibido gran parte de su herencia cultural de los británicos, al igual que en Alemania, las ideas de Darwin sobre la evolución aún prevalecen y cualquier crítica al respecto provoca disgusto. Una teoría asediada ¿Por qué es tan prevaleciente esta teoría? ¿Cuáles son sus fundamentos y cuán firmes son sus raíces? Para algunos ha venido a suplantar a la religión, y hasta se ha convertido en una religión por sí misma. El antropólogo Ashley Montagu asevera: “Después de la Biblia, ninguna obra literaria ha sido tan influyente, prácticamente en todos los aspectos del pensamiento humano, como El origen de las especies” (The Origin of Species [“El origen de las especies”], 1958, edición Mentor, cita impresa en la tapa posterior). Sin duda, al ver cómo la defienden tan apasionadamente tantos científicos y profesores, es de suponerse que la teoría cuenta con pruebas sumamente impresionantes. Sin embargo, y para asombro de muchos, algunos de los mismos científicos han reconocido, en momentos de sinceridad, que el libro de Darwin en realidad no explica lo que su propio título enuncia: el origen de las especies. Gordon Taylor, por ejemplo, en su libro pro evolucionista Great Evolution Mystery (“El gran misterio de la evolución”), menciona: “Como destacó en cierta ocasión el profesor de Harvard Ernst Mayr, autoridad reconocida en el estudio de las especies: ‘El libro llamado El origen de las especies en realidad no se refiere a ese tema’. Su colega el profesor Simpson reconoce que Darwin ‘no resolvió el problema que indica el título de su obra’. ”Puede sorprenderle a uno enterarse de que el origen de las especies sigue siendo un gran misterio aun en la actualidad, a pesar de los esfuerzos de millares de biólogos. El tema ha sido el principal foco de atención y está plagado de interminables controversias” (1983, p. 140, énfasis agregado en todo el artículo). Y la controversia continúa hasta hoy. Pero ¿por qué debería persistir esta polémica? Si, como afirman algunos científicos, la teoría de la evolución es tan cierta como la de la fuerza de gravedad, ¿por qué vemos entonces tantas polémicas y dudas? Lo que la selección natural puede y no puede hacer En primer lugar, es importante distinguir entre lo que Darwin descubrió y lo que no logró descubrir. Averiguó que la selección natural es capaz de preservar los cambios ventajosos en una especie, pero no descubrió el mecanismo que da origen a estas variaciones. En El origen de las especies Darwin comentó: “La selección natural actúa exclusivamente por la preservación y acumulación de variaciones, las cuales son beneficiosas bajo las condiciones orgánicas e inorgánicas a las que está expuesta cada criatura en todas las etapas de su vida. El resultado final es que cada criatura tiende a mejorar progresivamente en relación con su condición . . . Este principio de preservación, o la supervivencia del más apto, lo he denominado Selección Natural” (pp. 124, 130). Sin embargo, ¡hay un largo trecho entre la simple explicación de cómo sobreviven las especies y cómo se originaron! Como explica el bioquímico y agnóstico Michael Denton: “Lo cierto es que hace 100 años las pruebas eran tan fragmentarias que el mismo Darwin albergaba cada vez más dudas sobre la validez de sus postulados, y el único aspecto de su teoría que ha gozado de cierto respaldo durante el siglo pasado es el que se refiere al fenómeno de la microevolución. ”Su teoría en general, en que toda la vida en la tierra se había originado y desarrollado por una acumulación gradual y sucesiva de mutaciones fortuitas, es todavía, al igual que en la época de Darwin, una hipótesis sumamente especulativa que carece en absoluto del apoyo directo de los hechos y que dista mucho de ser el irrefutable axioma que sus defensores más agresivos quieren hacernos creer” (Evolution: A Theory in Crisis [“La evolución: Una teoría en crisis”], 1985, p. 77. No existen pruebas directas En realidad, muy pocos han leído El origen de las especies de principio a fin; y de hecho, para muchos es un libro muy tedioso. El mismo Darwin se refirió a él como “un larguísimo argumento” (p. 435). Darwin fue un naturalista concienzudo y en un intento por convencer a sus lectores de sus suposiciones, llenó el libro con numerosas observaciones del mundo natural. No obstante, él mismo confesó en su libro que no tenía ninguna prueba directa a favor de su teoría, sólo analogías y posibles ejemplos derivados de la naturaleza. En la introducción de su libro menciona lo siguiente: “Estoy muy consciente de que difícilmente se puede discutir un solo punto en este tomo en el que no se puedan aducir hechos que a menudo llevan a conclusiones diametralmente opuestas a las mías” (p. 28). En otro momento de franqueza, Darwin reconoció ante un amigo: “Yo no pretendo presentar pruebas directas de la transformación de una especie en otra” (carta a F.W. Hutton, 20 de abril de 1861). En su libro reconoce: “Si mi teoría es cierta, con toda seguridad deben haber existido incontables variedades intermedias que vinculen estrechamente todas las especies del mismo grupo; pero como se ha comentado una y otra vez, el proceso mismo de la selección natural tiende constantemente al exterminio de los progenitores y de los eslabones intermedios. Como consecuencia, la prueba de su existencia anterior sólo podría encontrarse entre los restos fósiles, que se preservan, como mostraremos en un capítulo posterior, en un registro extremadamente imperfecto e intermitente” (p. 166). Así reconoce que no existe absolutamente ninguna especie viviente en estado de transición que le sirva como prueba, y dice que se debe recurrir a los antiguos fósiles para tener algo en qué apoyarse. Pero paradójicamente, también explica que la selección natural no preserva las formas de transición, sino que en realidad las extermina. ¡Esta es una forma muy astuta de “deshacerse del cadáver”! En otras palabras, no puede encontrar las pruebas de su teoría entre los seres vivos, porque el mecanismo principal de la evolución, es decir, la selección natural, ¡las ha eliminado! Pruebas ausentes entre los fósiles ¿Qué sucede respecto al testimonio de los fósiles? Uno podría pensar que ahora Darwin sí podría citar pruebas concretas para respaldar su teoría. Sin embargo, más adelante tiene que reconocer que ¡aquí tampoco existen! A continuación, y a regañadientes, pregunta: “¿Por qué, entonces, no está atestado de eslabones intermedios cada formación geológica y cada estrato? De hecho, la geología no revela en absoluto semejante cadena orgánica, finamente graduada; y esta es, quizá, la objeción más obvia y seria que puede esgrimirse en contra de la teoría. La explicación radica, creo yo, en la extrema imperfección del registro geológico” (pp. 293-294). Un poco más adelante dice: “El número de eslabones intermedios y transitivos entre todas las especies vivientes y extintas debe haber sido inconcebiblemente grande. Pero sin ninguna duda, si esta teoría es verdad, ellas han vivido en la tierra. Independientemente de que no encontramos restos fósiles de esos eslabones conectores tan infinitamente numerosos, se podría objetar que el tiempo transcurrido no es suficiente para que hubiera un número tan grande de cambios orgánicos” (p. 295). Con un hábil juego de manos, dice que las pruebas de su teoría no pueden encontrarse en el presente, sino sólo en el pasado, y después afirma que tampoco se encuentran en el pasado. ¡Luego culpa al testimonio de los fósiles por no darle el respaldo que necesita! 800 ejemplos del modo subjuntivo ¿Qué podía hacer entonces Darwin ante la falta de pruebas verdaderas? Supuso, conjeturó, adivinó e inventó. Cierto dedicado lector del libro de Darwin contó alrededor de 800 ejemplos de palabras en el modo subjuntivo —es decir, de suposiciones acerca de la teoría— tales como “si”, “tal vez”, “quizá”, “posiblemente”, “podría”, “pudo”, etc., además de muchas ilustraciones ficticias. Si esta teoría cuenta con el respaldo de pruebas tan contundentes como la de que “la tierra gira alrededor del sol”, según dijo el evolucionista Richard Dawkins, entonces ¿por qué la rodea tanta especulación? ¿Por qué simplemente no presentar las pruebas concretas, como se hace con cualquier otra teoría científica? Porque la teoría de Darwin no es simplemente una teoría científica, sino una perspectiva filosófica y, para muchos, un sistema de creencias. Con esta teoría se promueve el naturalismo materialista, es decir, la idea de que todo lo que existe en el universo es sólo materia y sus leyes, y que todas las cosas evolucionaron ¡sin la necesidad de un Creador! Dice el Dr. Denton: “Es irónico recordar que al principio fue la creciente perspectiva irreligiosa del siglo xix lo que facilitó la aceptación de la evolución, mientras que hoy en día tal vez sea la perspectiva darvinista de la naturaleza la responsable del enfoque agnóstico y escéptico del siglo xx. Lo que alguna vez fue una simple conclusión del materialismo, se ha convertido actualmente en sus cimientos” (Denton, ob. cit., p. 358). No hay auténticos eslabones perdidos Y ¿qué se puede decir del testimonio geológico? Después de 150 años adicionales de excavaciones y búsqueda en todos los continentes, ¿se han encontrado los fósiles vitales que Darwin denominó los “eslabones conectores”? El Dr. Denton continúa: “Desde los tiempos de Darwin, la búsqueda de eslabones perdidos entre los fósiles ha continuado a una escala cada vez mayor. La expansión de la actividad paleontológica en los últimos 100 años ha sido tan enorme que probablemente un 99,9 por ciento de todo el trabajo en la paleontología se ha llevado a cabo a partir de 1860” (p. 160). “A pesar del tremendo aumento de la actividad geológica en cada rincón del orbe —agrega—, y a pesar del descubrimiento de muchas formas extrañas y hasta la fecha desconocidas, el número infinito de eslabones conectores todavía no se ha encontrado, y el testimonio de los fósiles es tan irregular ahora como lo era en los tiempos en que Darwin escribía El origen de las especies. Los eslabones intermedios siguen siendo tan escurridizos como siempre, y un siglo más tarde su ausencia se mantiene como una de las características más relevantes del testimonio de los fósiles” (p. 162). De modo que no hay nada en el testimonio de los fósiles que sirva de respaldo a la teoría de Darwin. Pero ¿qué se puede decir de los ejemplos que Darwin citó en su libro? Por increíble que nos parezca, ¡todos ellos han resultado ser sólo mitos de la evolución! Examinemos algunas de estas supuestas pruebas. De los peces a las aves Darwin imaginó que los peces voladores podían convertirse gradualmente en pájaros. Al respecto escribió: “Al ver que unos cuantos miembros de la clase . . . de los crustáceos y de los moluscos se han adaptado para vivir en la tierra, y al observar que existen aves voladoras . . . es concebible que los peces voladores, que ahora planean largas distancias en el aire, subiendo y girando levemente con la ayuda del movimiento de sus aletas, puedan haber sido modificados hasta convertirse en animales perfectamente alados” (The Origin of Species [“El origen de las especies”], p. 168). ¿Presenta Darwin alguna prueba de la transformación gradual de este pez volador? No, no tiene ninguna prueba ni de animales vivos ni de fósiles. ¿Qué hace, entonces? Recurre a una explicación imaginaria: “Así, volviendo a nuestra ilustración imaginaria del pez volador, no parece probable que los peces capaces de volar realmente pudieran haberse desarrollado a partir de muchas formas inferiores . . . Por lo tanto, la posibilidad de descubrir especies con estructuras en proceso de transición en estado fósil siempre será reducida, por haber existido en número inferior a las especies con estructuras completamente desarrolladas” (p. 169). Como no cuenta con ningún ejemplo para probar cómo los peces voladores se convierten en algo diferente, desecha los datos concretos afirmando que la posibilidad de encontrar formas en transición siempre será “reducida” en comparación con el descubrimiento de especies estructuralmente completas. Pero “reducida” no quiere decir “inexistente”. Y de hecho, él no presenta ni un solo ejemplo para respaldar su teoría. Su libro está colmado de esta clase de ilustraciones infundadas y especulativas, utilizadas como supuestas pruebas. Conviene aclarar aquí que hace mucho tiempo que los evolucionistas modernos rechazaron la idea darvinista de que las aves provienen de peces voladores. El concepto popular de moda afirma que evolucionaron de los dinosaurios. El largo cuello de la jirafa Darwin estaba muy consciente de un notorio ejemplo en contra de su teoría: la jirafa, el animal viviente más alto que existe. ¿Cómo podía esta criatura haber desarrollado su larguísimo cuello, y dónde se encuentran sus ancestros? Esta es su explicación: “La jirafa, por su alta estatura, cuello muy alargado, patas delanteras, cabeza y lengua, cuenta con una estructura hermosamente adaptada para buscar alimento en las ramas más altas de los árboles . . . Con toda seguridad, en cada región habrá una especie de animal que pueda ramonear más arriba que los demás; y es casi igualmente probable que esta singular clase de animal pueda contar con un cuello más alargado para este propósito debido a la selección natural y los efectos del uso prolongado” (pp. 205, 207). No se da ningún ejemplo ni se mencionan ancestros en estado fosilizado. Todo es pura especulación. Hoy en día, sabemos que los animales no pueden adquirir nuevas características sólo por el uso frecuente o infrecuente de algunos de sus miembros. Los científicos han cortado las colas a cientos de generaciones de ratones y, sin embargo, nunca ha nacido un ratón sin cola. Darwin no conocía la verdad en cuanto a las leyes de la herencia que apenas estaban siendo descubiertas por Gregorio Mendel y otros, que revelaron la existencia de barreras genéticas en los seres vivientes. Así que supuso erróneamente que las criaturas podían adquirir cuellos alargados debido al continuo estiramiento de ellos. Además, ¿pudo Darwin mostrar ejemplos de la prolongación gradual del cuello de la jirafa? De ninguna manera, así es que una vez más recurrió a las conjeturas. Cuando los críticos de su tiempo lo presionaron para que presentara pruebas que respaldaran el alargamiento paulatino de los cuellos, reconoció: “El interrogante de por qué en otras partes del mundo varios animales pertenecientes al mismo orden no han adquirido un cuello alargado o una probóscide [trompa], no puede ser respondida de manera clara; pero esperar una respuesta clara a esta pregunta es tan irracional como preguntarse por qué cierto suceso en la historia de la humanidad ocurrió en un país y no en otro” (p. 207). ¡Aquí podemos ver cómo Darwin confiesa su ignorancia frente al modo en que la jirafa desarrolló su largo cuello! Cuando se vio incapaz de dar pruebas sólidas para comprobar su teoría, se valió de una comparación con los acontecimientos históricos de la humanidad. ¡Esto carece absolutamente de sentido! Él concluye su sección sobre la jirafa reconociendo: “Excepto por algunas razones generales y vagas que pueden usarse como argumento, no podemos explicar por qué, en muchas regiones del mundo, algunos cuadrúpedos con pezuñas no han desarrollado cuellos mucho más largos u otros medios para buscar alimento en las ramas más altas de los árboles” (p. 208). Cierto científico, después de considerar este descarado postulado fantasioso respecto a las jirafas, estaba tan consternado con la teoría que dijo: “Siempre he tenido leves sospechas en cuanto a la teoría de la evolución por su habilidad para explicar cualquier característica de los seres vivos (como el cuello de la jirafa, por ejemplo). Por ello, he tratado de ver si los descubrimientos biológicos de los últimos 30 años o más encajan con la propuesta de Darwin. Yo no creo que encajen. Según mi criterio, la teoría no tiene base alguna” (H.S. Lipson, “A Physicist Looks at Evolution” [“Un físico examina la evolución”], Physics Bulletin [“Boletín de la física”], 1980, p. 138. ¿Qué le sucedería a un animal que desarrollara un cuello más largo? Para sobrevivir, tendría que desarrollar simultáneamente arcos bronquiales más fuertes, mayor musculatura y un corazón más grande, ya que de lo contrario el tener un cuello más largo le acarrearía una gran desventaja, y probablemente la muerte. Como dice Francis Hitching: “Cuando uno observa el estilo de vida de las jirafas, es difícil ver la conexión entre su extraordinaria forma y las presiones darvinistas tradicionales de la competencia por sobrevivir en condiciones de superpoblación y bajo la amenaza de otras especies depredadoras . . . La necesidad de sobrevivir mediante la búsqueda de alimentos a mayor altura es, como muchas de las explicaciones de Darwin, poco más que una especulación errónea que consiste en tomar como causa lo que sólo es un antecedente” (The Neck of the Giraffe [“El cuello de la jirafa”], 1982, pp. 178-179). En una futura edición examinaremos más ejemplos de los mitos de la evolución. BN
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