|
|
La guerra de los seis días: 40 años despuésMuchos acontecimientos han moldeado el Cercano Oriente moderno, pero tal vez ninguno tan profundamente como la guerra de los seis días en 1967. Lamentablemente, Israel y Jerusalén todavía continúan siendo una fuente de contienda, con más conflictos por venir en el futuro.Por Melvin RhodesHace un siglo, sólo unos pocos zelotes creyeron que era posible que se restableciera la patria judía en el Cercano Oriente. En aquella época, toda la región era parte del Imperio Otomano, regido por los turcos. Ese imperio, que en un tiempo abarcaba todo el Cercano Oriente, la costa norte de África y parte de Europa, a comienzos del siglo xx estaba ya en declive, pero su presencia en los Balcanes fue un factor que contribuyó a la primera guerra mundial. Al finalizar esa guerra, el imperio estaba a punto de colapsar. En las negociaciones de paz que se celebraron en París, las potencias victoriosas de Occidente se dividieron su territorio. Esto fue acertadamente descrito por Archibald Wavell, quien durante la segunda guerra mundial dirigió las fuerzas del ejército británico en el Cercano Oriente, como “una paz para acabar con todas las paces”. En 1917 los británicos habían marchado contra Palestina. El tratado posterior a la guerra les dio a ellos la administración del territorio bajo el mandato de la Sociedad de las Naciones. También les dio Iraq y Jordania. Las bases del Cercano Oriente actual estaban echadas y todavía sufrimos las consecuencias de ello. Una nueva patria para los judíos Entre las dos guerras mundiales Palestina continuó bajo el gobierno británico. Cada vez más judíos estaban arribando de Europa con la expectativa de que se estableciera una nación judía, prometida a ellos en 1917 por el secretario inglés de Asuntos Exteriores, Arthur James Balfour. Al mismo tiempo, los árabes palestinos tenían también su propia expectativa de una tierra propia. Como ambos pueblos querían la misma tierra, se estaba gestando un problema mayúsculo. Después del holocausto, en el que murieron seis millones de judíos europeos, se intensificaron las exigencias judías de una tierra propia. Éstas se cumplieron a finales de 1947, cuando los ingleses finalmente se retiraron y dejaron el problema de Palestina a la Organización de las Naciones Unidas, el sucesor de la Sociedad de las Naciones. Seis meses después, el 14 de mayo de 1948, con la aprobación de las Naciones Unidas, nació el Estado de Israel. Fue en verdad un milagro. Pocos en una generación anterior hubieran pensado que eso fuera remotamente posible. Un país que no había existido por casi 2000 años había vuelto a renacer. Aun su propio lenguaje antiguo, el hebreo, ha revivido y permanece como la lengua oficial de Israel. Es importante reconocer que el Estado de Israel tenía que revivir para que se pudieran cumplir las profecías relativas a Judá en los últimos días. Debemos notar que los ciudadanos del Estado de Israel son descendientes del reino bíblico de Judá y constituyen tan sólo una pequeña parte de los descendientes del patriarca Israel. Desde el comienzo, Israel ha estado rodeado de países hostiles que tratan de destruirlo. Pocas horas después de que se retiraran las tropas inglesas, cinco ejércitos árabes atacaron la incipiente nación, que en ese momento tenía una población judía de tan sólo medio millón de personas. Cientos de ellos murieron en la guerra de independencia de Israel. Cientos más morirían en otras guerras. La siguiente se presentó en 1956, cuando los egipcios se apoderaron del canal de Suez, entonces en manos de los ingleses y los franceses. Una intervención militar de las dos naciones europeas e Israel fue abortada por la presión que ejercieron los Estados Unidos. Seis días que cambiaron el mundo Escasamente había transcurrido una década y ya Israel se encontraba nuevamente en grave peligro. “La población de Israel había continuado creciendo, especialmente por medio de la inmigración; en 1967 era de 2 300 000, de los cuales los árabes escasamente constituían el 13 por ciento. Su fortaleza económica se había incrementado, con la ayuda de Estados Unidos, contribuciones de judíos fuera de Israel, e indemnizaciones de Alemania Occidental. También había ido aumentando la fortaleza y la pericia de sus fuerzas armadas, y especialmente su fuerza aérea” (Albert Hourani, A History of the Arab Peoples [“Historia de los pueblos árabes”], 2002, pp. 412-413). Ya en 1965 los grupos palestinos de terror se habían formado y estaban atacando a los israelíes. Éstos entonces tomaron represalias contra los estados vecinos desde donde se lanzaban los ataques. “Presionado por las represalias de Israel contra otros estados árabes, y con informes (que tal vez eran infundados) de un inminente ataque de Israel a Siria, [el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser] le pidió a la ONU que retirara las fuerzas que había tenido estacionadas en la frontera con Israel desde la guerra de Suez en 1956. Cuando esto ocurrió, él cerró el estrecho de Tirán [paso marítimo que controla la entrada al golfo de Áqaba] al comercio de Israel”, de hecho un acto de guerra (ibídem). Tres semanas más tarde, la guerra comenzó. “A medida que aumentaba la tensión, Jordania y Siria hicieron pactos militares con Egipto. El 5 de junio Israel atacó a Egipto y destruyó su fuerza aérea; en los días siguientes de lucha, los israelíes ocuparon el Sinaí y llegaron hasta el canal de Suez, Jerusalén, y la parte palestina de Jordania, una parte del sur de Siria (las alturas del Golán), antes de que un acuerdo de cese al fuego pusiera fin al conflicto” (ibídem). Un punto crucial de cambio La guerra marcó un punto crucial de cambio en el Cercano Oriente. “Prácticamente no ha habido un plan de paz árabe en los últimos 40 años, incluida la versión actual saudita, en la que no se exija un regreso al estado de cosas que existía el 4 de junio de 1967. ¿Por qué esta fecha es tan sagrada? Porque fue el día previo al estallido de la guerra de los seis días en la que Israel logró una de las victorias más resonantes del siglo xx. Los árabes han tratado durante cuatro décadas de deshacer sus consecuencias” (Charles Krauthammer, columna del 18 de mayo de 2007). Las fronteras que tenía Israel antes de la guerra de los seis días les daban una ventaja militar a sus vecinos hostiles. Esa debilidad fue lo que inspiró a Egipto, Siria y Jordania a atacar, convencidos de que podían lograr una rápida victoria. La aniquilación total del Estado de Israel permanece todavía como una clara meta de muchos palestinos, sin importar su filiación política. “Este período de tres semanas entre el 16 de mayo y el 5 de junio nos ayuda a explicar la negativa que Israel ha mantenido durante 40 años de ceder lo que obtuvo en la guerra de los seis días —el Sinaí, las alturas del Golán, la ribera occidental del Jordán y Gaza— a cambio de garantías de paz, firmadas en papel. Israel tenía esta misma clase de garantías en 1956, en la guerra de Suez, después de la cual evacuó el Sinaí a cambio de que las Naciones Unidas establecieran una fuerza de choque y de que las potencias occidentales aseguraran libre paso a través del estrecho de Tirán . . . ”Es difícil exagerar lo que tuvo que vivir Israel en esas tres semanas. Egipto, quien ya estaba aliado con Siria, celebró un pacto militar de emergencia con Jordania. Iraq, Argelia, Arabia Saudita, Sudán, Túnez, Libia y Marruecos empezaron a enviar fuerzas para unirse a la lucha. Con tropas y ejércitos apostados en toda frontera con Israel, los informes radiales árabes proclamaban con júbilo que la última guerra para el exterminio de Israel era inminente. La cabeza de la Organización para la Liberación de Palestina, Ahmed Shuqayri, afirmaba: ‘Destruiremos a Israel y a sus habitantes . . .’” (ibídem). La sorprendente victoria de Israel alteró completamente el equilibrio en el Cercano Oriente, mostrándole al mundo que Israel era militarmente superior a sus vecinos. Esa guerra también le dio a Israel control total sobre Jerusalén, incluso los lugares considerados sagrados para los judíos, cristianos y musulmanes. Este sigue siendo un factor definitivo en el conflicto, que amenaza con hacer estallar la guerra en cualquier momento. Después de la guerra de los seis días los judíos pudieron adorar libremente en su lugar más sagrado, el muro occidental del monte del Templo. En la cima de este mismo monte del Templo están dos de los lugares más sagrados para los musulmanes: la Cúpula de la Roca y la mezquita de al-Aqsa. Los judíos consideran a Jerusalén como “la capital eterna e indivisible” de Israel. Los musulmanes jamás aceptarán esto, y la mayoría de ellos tampoco aceptan la existencia del estado judío, que ellos consideran como un usurpador temporal, similar a lo que ocurrió en el siglo xi con el Reino de Jerusalén de los cruzados católicos, que duró menos de un siglo. “Olvidamos que Israel no tenía la intención de ocupar la ribera occidental. Israel le suplicó al rey Hussein de Jordania que se mantuviera aparte del conflicto. Enfrascado en un combate feroz con un Egipto numéricamente superior, Israel no tenía ningún deseo de abrir un nuevo frente de batalla a pocos metros de la Jerusalén judía y a pocos kilómetros de Tel Aviv. Pero Nasser le había dicho personalmente a Hussein que Egipto había destruido la fuerza aérea de Israel y sus aeropuertos, y que la victoria total estaba al alcance. Hussein no pudo resistirse a la tentación de unirse a la guerra. Se unió. Perdió” (ibídem). Un campo de batalla perpetuo Es obvio que todo no marcha bien en Jerusalén. Aun cuando los judíos estaban poblando los asentamientos en los alrededores de Jerusalén, empezaron a abandonar el corazón de la ciudad. Las razones eran tanto económicas como culturales. Un artículo reciente de la revista Newsweek informa: “En resumen, cerca de 300 000 personas han huido de la ciudad desde 1967. De acuerdo con un estudio demográfico entregado este mes por el Instituto de Jerusalén para Estudios de Israel, 17 200 personas han huido de Jerusalén en el último año, mientras que sólo 10 900 ingresaron. Con la tasa de crecimiento de los árabes, mayor que la de los judíos, los demógrafos predicen que en los próximos 20 años habrá escasamente un judío por cada árabe en la ciudad” (Kevin Peraino, “La ciudad santa pierde fe”, Newsweek, 4 de junio de 2007). El mismo artículo también establece que “la ciudad es ahora la metrópoli más pobre; la gente joven y emprendedora prefiere ganarse la vida en el corredor de alta tecnología, a lo largo de la costa mediterránea de la nación. Existe una gran diferencia en el nivel de vida entre los árabes de Jerusalén y los judíos, que sólo en raras ocasiones se mezclan”. La ciudad sigue siendo una gran fuente de conflicto entre los israelíes y los palestinos. En muchos momentos de la historia se ha luchado por ella, y la profecía bíblica muestra que por lo menos una gran batalla más se librará en y alrededor de la ciudad. Al hablar de las condiciones en los últimos días, Jesucristo nos advirtió: “Pero cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado . . . Porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas . . . y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan” (Lucas 21:20-24). El profeta Zacarías, quien vivió en el siglo sexto antes de Cristo, también profetizó acerca de lo que le sucedería a Jerusalén en los últimos tiempos: “He aquí yo pongo a Jerusalén por copa que hará temblar a todos los pueblos de alrededor contra Judá, en el sitio contra Jerusalén. Y en aquel día yo pondré a Jerusalén por piedra pesada a todos los pueblos; todos los que se la cargaren serán despedazados, bien que todas las naciones de la tierra se juntarán contra ella . . . Y en aquel día yo procuraré destruir a todas las naciones que vinieren contra Jerusalén” (Zacarías 12:2-3, 9). En Zacarías 14:4 se aclara que esto se está refiriendo a los sucesos que van a ocurrir inmediatamente antes del regreso del Mesías con poder y gran gloria: “Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente; y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande; y la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el sur”. Jesucristo caminó en el monte de los Olivos hace cerca de 2000 años, y volverá a caminar allí para cumplir definitivamente esta profecía. El deseo de destruir a Israel continúa inspirando a los dirigentes en todo el Cercano Oriente. Una amenaza adicional se presentará en los próximos años, a partir del momento en que Irán se convierta en una potencia nuclear. Otros en la región quizá sigan su ejemplo. Pero la Biblia muestra que la nación de Israel seguirá existiendo hasta los sucesos del tiempo del fin que precederán el regreso de Jesucristo. BN
|
|||||||||||||||||||
| © 1995-2007 Iglesia de Dios Unida, una Asociación Internacional | Política del Sitio La reproducción total o parcial sin premiso esta prohibido. Toda correspondencia y preguntas deben ser enviadas a revista@lasbuenasnoticias.org. Envíe preguntas sobre el como opera este Sitio Web a webmaster@lasbuenasnoticias.org. | |