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| Jesús, Pablo y el nuevo pacto¿Estaban de acuerdo Jesús y el apóstol Pablo acerca de cómo debían considerar los cristianos el Antiguo Testamento? O, como se acepta comúnmente, ¿cambió Pablo radicalmente la religión que Jesucristo estableció?Por Roger FosterGeneralmente los historiadores y teólogos modernos consideran al apóstol Pablo como el fundador de una rama diferente del cristianismo que llegó a convertir a la mayor parte del mundo romano. Creen que Pablo tuvo el valor de separar al cristianismo de sus raíces judías al representar el nuevo pacto como algo que reemplazó la ley bíblica. ¿Es correcta esta perspectiva de la doctrina bíblica? ¿Son diferentes las enseñanzas de Pablo de las enseñanzas de Jesús y sus 12 apóstoles originales? ¡Estas son preguntas cruciales! Si las respondemos de cierta forma, esto pondrá en tela de juicio la validez de casi todas las iglesias cristianas de la actualidad. Si las respondemos de forma contraria, pondrán en duda la validez de Pablo como un verdadero apóstol de Cristo. Para todo aquel que desee que sus pecados sean cubiertos por la sangre de Cristo, nada podría ser más importante que encontrar la respuesta correcta a estas preguntas. La clave para entender las enseñanzas de Jesús y Pablo es entender correctamente el nuevo pacto que Jesús instituyó con su muerte, cuando se convirtió en el sacrificio por los pecados de la humanidad. Aun un pequeño malentendido en cuanto a la intención y propósito del nuevo pacto es suficiente para confundir y desorientar a la mayoría de las personas. Entendámoslo entonces correctamente. El nuevo pacto prometidoVeamos la promesa del nuevo pacto que Dios hizo por medio del profeta Jeremías más de 500 años antes de que naciera Jesús: “He aquí que vienen días, dice el Eterno, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice el Eterno. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Eterno: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:31-33). Esta promesa, citada directamente en el Nuevo Testamento, no está hablando de abolir leyes antiguas a fin de establecer normas menos exigentes para definir la justicia. Es acerca de dónde van a ser escritas las leyes que definen la justicia: en el corazón del pueblo de Dios. Es acerca de transformar el carácter de las personas de tal forma que puedan, de todo corazón, llegar a ser el pueblo de Dios. Este cambio de corazón comienza con e incluye a los descendientes de Israel y de Judá. No es una promesa exclusiva de los conversos gentiles. De hecho, los gentiles llegan a ser herederos de esta promesa sólo si por medio de Jesucristo son considerados descendientes de Abraham. Fue Abraham —conocido en ese entonces como Abram— quien recibió esta promesa mesiánica especial: “. . . y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3). Como Gálatas 3:29 lo explica: “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa”. El problema del antiguo pacto¿En qué consistía el problema del pacto que Dios hizo con Israel? La mayoría de los teólogos y maestros religiosos enseñan que el problema radicaba en las leyes, y que por lo tanto Jesús necesitaba abolirlas. Pero ¿está de acuerdo esta tesis con lo que la Biblia dice realmente? “Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo. Porque reprendiéndolos [a los israelitas] dice: He aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto” (Hebreos 8:7-8). Dios encontró fallas en el pueblo, los antiguos israelitas (con excepción de unos pocos siervos escogidos especialmente). Aunque habían recibido sus leyes justas, ellos no habían tenido un corazón justo. Esa fue la falla o debilidad en el pacto, no las leyes en sí. La promesa que les hizo por medio de un nuevo pacto era que en el futuro él cambiaría sus corazones de tal forma que ellos pudieran obedecer —con una sinceridad total— las leyes que ya habían recibido. Dios reveló por medio de Ezequiel la forma en que se cumpliría esta promesa: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:26-27). Para vivir conforme a todo lo que Dios les estaba enseñando, necesitaban que el Espíritu de Dios estuviera en ellos, no sólo en los profetas que les enseñaban. Así que el propósito del nuevo pacto prometido era darles el poder del Espíritu Santo a todos aquellos que desearan obedecerlo. Al recibir la fortaleza espiritual y el poder para practicar las enseñanzas de Dios de todo corazón, los hombres y mujeres podrían de verdad complacerlo. Jesús habla acerca de la leyEn Hebreos 8:6 leemos lo siguiente acerca de Jesucristo: “Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas”. El propósito de su ministerio y misión era hacer posibles esas “mejores promesas”. Sin embargo, Jesús sabía que su papel de cargar con el pecado sería utilizado por algunos para malinterpretar gravemente el propósito de su misión como el Mesías. Sabía que el sacrificio de su vida por nosotros —lo que eliminó la necesidad de sacrificar animales y cumplir ceremonias rituales que solamente prefiguraban su muerte en lugar nuestro (Hebreos 10:1-10)— sería interpretado de tal forma que implicara que todo el cuerpo de leyes del Antiguo Testamento ya no estaba vigente. Hablando muy claramente, advirtió a sus discípulos para que no cayeran en semejante razonamiento desvirtuado: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado [por los que están] en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande [por los que están] en el reino de los cielos” (Mateo 5:17-19). El significado de “cumplir”Con frecuencia la palabra cumplir de Mateo 5:17 es interpretada erróneamente como si su significado fuera “abolir”. Esto es totalmente incorrecto. La palabra griega traducida por “cumplir” en este versículo es pleroo, cuyo significado es dejar repleto, llenar, llenar la totalidad, dejar lleno, completar (Thayer’s Greek-English Lexicon of the New Testament [“Diccionario griego-inglés del Nuevo Testamento, de Thayer”]). Jesús vino para ampliar y magnificar, no para abolir, la ley de Dios. En Mateo 5:18 Jesús dice aún más claramente que no vino para destruir, rescindir, anular o abrogar la ley: “Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido”. Aquí, la voz griega que se traduce por “cumplido” es ginomai, que significa venir a ser, llegar a existir, pasar, ocurrir, ser hecho, terminado (ibídem). Jesús asemeja la continuidad de la ley de Dios con la permanencia del cielo y de la tierra. Aquí está mostrando que la ley espiritual de Dios es inmutable, inviolable e indestructible. Sólo puede ser cumplida, nunca abrogada. Jesús vino para completar o consumar esa ley, para hacerla perfecta al mostrarnos toda su intención y su aplicación espiritual. Continuando en este capítulo, Jesús amplía y realza el propósito espiritual y la intención de varios mandamientos específicos. Hasta que se complete totalmente el plan de Dios de ofrecer salvación a toda la humanidad —esto es, mientras existan seres humanos— es necesaria la codificación física de la ley de Dios en las Escrituras. Esto, explicó Jesús, es algo tan cierto como la existencia continuada del universo. Jesucristo afirmó claramente que guardar los mandamientos de Dios es esencial para recibir la vida eterna. Una persona le preguntó directamente: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? Él le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19:16-17). Todos los apóstoles de Cristo siguieron su ejemplo. Uno de ellos, Juan, escribió: “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:3-4). También Pablo enseñó: “La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino el guardar los mandamientos de Dios” (1 Corintios 7:19). ¿Qué debemos obedecer?Otros comentarios de Jesús y sus apóstoles dejan claro que la Biblia entera —las Escrituras tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo— está incluida en el nuevo pacto como directriz para el aprendizaje y comportamiento del cristiano. Jesús explicó: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). Pablo tenía la misma convicción. Él explicó que “toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). Los cristianos deben aprender de “toda la Escritura”, para que puedan vivir adecuadamente según las enseñanzas del nuevo pacto. Explicó primeramente que todo lo que se encuentra en el Antiguo Testamento es útil para vivir bajo el nuevo pacto. Pero algunos aspectos simbólicos del pacto del Sinaí ya no se requieren para los conversos cristianos. Estos aspectos simbólicos están claramente definidos en la Epístola a los Hebreos. Son aquellos que están relacionados solamente con “comidas y bebidas . . . diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas” (Hebreos 9:10). Esto se refiere a los sacrificios y ceremonias que representaban simbólicamente el sacrificio de Jesucristo por la purificación de las transgresiones de la ley de Dios. Éstos prefiguraban su muerte que pagaría por nuestros pecados. Es su sacrificio el que nos limpia de nuestra culpa. Por lo tanto, esos lavamientos rituales y sacrificios de animales ya no son necesarios. Pero entender lo que simbolizaban es aún de mucho provecho. Por eso no debemos desechar ni una palabra o parte de una palabra del Antiguo Testamento. Todas sirven para nuestra instrucción, “a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:17). Consideraciones administrativasEl gobierno de la antigua Israel era una teocracia. Por lo tanto, el Antiguo Testamento contiene estatutos que regulaban cómo los jueces de Israel debían administrar castigos a los malhechores en una sociedad que no había recibido el Espíritu Santo de Dios y en donde el perdón espiritual de los pecados no era real, sino algo prefigurado simbólicamente. Se les había dicho a los oficiales israelitas lo que debían hacer en ciertos casos: “Le apedrearás hasta que muera . . . para que todo Israel oiga, y tema, y no vuelva a hacer en medio de ti cosa semejante a esta” (Deuteronomio 13:10-11). Pablo explica que semejante medida administrativa todavía sigue siendo instructiva, teniendo en cuenta que su aplicación ahora “no [es] de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6). En lugar de criticar la administración de semejante castigo en la antigua Israel, Pablo se refiere al “ministerio de muerte” para los pecados capitales como algo “glorioso“ (v. 7). Luego agrega esta pregunta: “¿Cómo no será más bien con gloria el ministerio del espíritu? Porque si el ministerio de condenación fue con gloria, mucho más abundará en gloria el ministerio de justificación. Porque aun lo que fue glorioso [la administración de la pena capital según el pacto del Sinaí], no es glorioso en este respecto, en comparación con la gloria más eminente [del perdón de los pecados por el sacrificio de Cristo en el nuevo pacto]. Porque si lo que perece [el requerimiento de que tales pecadores tuvieran que sufrir la pena capital] tuvo gloria, mucho más glorioso será lo que permanece” (vv. 8-11). El perdón de los pecados por medio del sacrificio de Cristo (a diferencia de condonar el pecado) es una parte fundamental del nuevo pacto. Por lo tanto, las transgresiones en el nuevo pacto deben ser tratadas de acuerdo con el arrepentimiento de la persona. Aquellos que se arrepientan —aquellos que se vuelvan a Dios con todo su corazón para obedecerlo— recibirán misericordia en lugar de justicia con su condenación implícita. Sin embargo, esta misericordia divina tan sólo se aplica a aquellos que lleguen a ser cristianos por medio del arrepentimiento. Para aquellos que no se arrepientan, Pablo explica que deben temer el juicio, no tan sólo de parte de Dios sino también de las autoridades civiles. “Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo” (Romanos 13:3-4). El principio es claro. Las autoridades civiles aún tienen la aprobación de Dios para castigar a los que hacen el mal. Por lo tanto, Dios espera que aquellos que desean complacerlo obedezcan la ley, tanto la bíblica como la civil (en tanto esta última no contradiga la ley de Dios, Hechos 5:29). El apóstol Juan lo dice muy claramente: “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). Luego añade: “Todo aquel que permanece en él [Dios], no peca; todo aquel que peca [esto es, en forma habitual], no le ha visto, ni le ha conocido” (v. 6). Si bien es cierto que en ocasiones los cristianos sucumben y caen en pecado (1 Juan 1:7), deben continuar, como Jesús lo hizo, “combatiendo contra el pecado” (Hebreos 12:4), es decir, luchando con toda su fuerza, con la ayuda de Dios, para seguir obedeciéndolo. Interpretaciones erróneas de los escritos de PabloJesucristo y todos sus apóstoles, incluso Pablo, enseñaron lo mismo. Consideraban las Escrituras del Antiguo Testamento como el fundamento del camino de vida del cristiano. Pero los escritos de Pablo han sido malinterpretados desde el primer siglo hasta nuestros días. Por eso Pedro nos advierte que tengamos cuidado con aplicaciones erróneas de los escritos de Pablo: “Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición” (2 Pedro 3:15-16). Aquellos que han aceptado las interpretaciones erróneas de las enseñanzas de Pablo se han desviado de la verdad. Esto es en parte la razón por la que el cristianismo moderno está tan dividido y está llegando a ser cada vez más como el mundo en lugar de salir de él. BN |
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