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Enero / Febrero 2008
» Contenidos de esta Edición
¬ Artículo de Portada
El plan de Dios para acabar con el sufrimiento y la maldad
¬ El Día de Expiación representa el encadenamiento de Satanás
¬ Jesús, Pablo y el nuevo pacto
¬ ¿Qué quiere decir ‘el fin de la ley es Cristo’?
¬ Mitos de la evolución, Parte 2
¬ ¿Cómo será el reinado de Cristo?
¬ Dios, la ciencia y la Biblia
Noticias de actualidad del mundo científico
¬ Detrás de los titulares
Paquistán: Una potencia nuclear se balancea en la cuerda floja
   

 

El plan de Dios para acabar con el sufrimiento y la maldad

¿Puede Dios ver la maldad y el sufrimiento humanos? ¿Por qué no interviene para detenerlos? ¿Puede ser acaso que los ciegos somos nosotros ante lo que Dios está haciendo, y que la humanidad debe aprender algunas lecciones cruciales antes de que él le ponga fin a la maldad?

Por Roger Foster

Recuerdo muy bien la noticia. Durante una grave sequía en Sudáfrica un desilusionado agricultor puso un cubo en un poste, junto con un aviso que decía: “Se aceptan donativos para comprarle a Dios unos anteojos, para que pueda ver todo lo malo que está ocurriendo por aquí”.

¿Por qué Dios permite que ocurran cosas malas? ¿Por qué no simplemente le pone fin al sufrimiento y al dolor que vemos a nuestro alrededor?

Estas preguntas han desconcertado a la humanidad desde los albores de su existencia. Aun los grandes filósofos han tratado de encontrar las respuestas.

En realidad, la respuesta es clara y fácil de entender, si tan sólo creemos todo lo que Dios nos explica acerca de su gran designio para resolver este problema, el más inquietante de la humanidad. Este designio lo encontramos explicado en las páginas de su revelación escrita, la Santa Biblia.

Sí, Dios tiene un plan, un excelente plan. Y en ese plan hay una solución permanente para la maldad. Esta solución supera en mucho nuestras ilusiones y esperanzas más grandes. Pero para que pueda ser posible, Dios ha hecho que nuestra participación voluntaria sea algo indispensable. Por esto es que cada fase de su plan requiere cierto tiempo para llevarse a cabo.

Dios está permitiendo que ahora experimentemos en su totalidad los resultados del orgullo, la vanidad y la avaricia humanos. Cuando llegue el momento de su intervención directa para cambiar la forma en que pensamos y nos comportamos, podrá mostrarnos un registro completo de nuestros fracasos.

El fracaso de la humanidad comenzó en el huerto del Edén. Adán y Eva tuvieron la oportunidad de escoger un camino más fácil para la humanidad, uno que estaba lleno del contacto y la ayuda directa de Dios. En lugar de ello, como representantes de sí mismos y de su posteridad, ellos escogieron confiar en su propia percepción del bien y del mal. Esa funesta elección puso a la humanidad en el camino del sufrimiento, de tener que afrontar todos los males que nos hemos acarreado. Desde entonces, el hombre ha caminado en ese sendero.

¿Aprenderemos a prestar oído?

Por medio de la experiencia personal, Dios está permitiendo que la humanidad aprenda cuán destructivas y desafortunadas pueden ser las malas decisiones. A final de cuentas, lo que Dios quiere es que verdaderamente aprendamos a escucharlo a él.

Hasta ahora no hemos aprendido la lección. ¡Pero lo haremos! ¡Es una promesa de Dios! Y esa promesa se cumplirá por-que él nos ayudará a aprender la lección.

Al revelarle a la antigua Israel la forma correcta de vivir, Dios exhortó a los israelitas a que escogieran cuidadosamente: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando al Eterno tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a él . . .” (Deuteronomio 30:19-20).

Si queremos que la vida tenga un significado real, es imprescindible que aprendamos esta lección. Nuestra tendencia humana es utilizar la libertad que Dios nos ha dado para tomar nuestras propias decisiones. Luego nos quejamos de los efectos desastrosos que tienen nuestras decisiones insensatas. Tendemos a culpar a Dios por estos resultados inquietantes, aun llegando a sugerir que necesita anteojos para poder mejorar su visión y así sentir empatía por nuestro sufrimiento.

Dios ve claramente nuestra situación y desea derramar sus bendiciones sobre aquellos que le escuchen.

Leamos la promesa que Dios les hizo a los israelitas cuando los libertó de la esclavitud y los hizo una nación: “Si anduviereis en mis decretos y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por obra, yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos, y el árbol del campo dará su fruto. Vuestra trilla alcanzará a la vendimia, y la vendimia alcanzará a la sementera, y comeréis vuestro pan hasta saciaros, y habitaréis seguros en vuestra tierra. Y yo daré paz en la tierra, y dormiréis, y no habrá quien os espante . . .” (Levítico 26:3-6).

Dios quiere que aprendamos cuánto necesitamos su ayuda, y que simplemente entendamos y escojamos el sendero correcto. En su plan hay tiempo para que toda la humanidad pueda aprender estas lecciones cruciales, de acuerdo con sus decisiones personales, tanto las buenas como las malas. Por eso es que no se ha apresurado a suspender las consecuencias de tantas decisiones erradas que tomamos.

La intervención más importante de Dios en los asuntos humanos será la de cambiar el gobierno de toda nación en la tierra. Para remover por completo la maldición que nos hemos acarreado, Dios nos dará un dirigente justo que entienda perfectamente la diferencia entre el bien y el mal.

¿Quién será ese gobernante? ¿Quién es competente para enseñar a toda la humanidad los caminos de Dios? El único que cumple cabalmente estos requisitos es Jesucristo. Es el único que ha entendido y seguido todos los senderos del bien, y es el único capaz de guiar al mundo entero por ese mismo camino.

Como lo explica el apóstol Pablo, Dios nos ha dado “a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:9-10).

Vendrá una restauración mundial

Al hablar del papel actual de Jesucristo, Pedro explicó que era necesario que el cielo lo recibiera “hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:21). Sólo entonces, en esa época futura de restauración, empezará Jesús a quitar los males y maldiciones del pecado en todo el mundo.

Jesús ya ha vencido un obstáculo gigantesco para nosotros. Se ha convertido en nuestra expiación (traducido de la palabra hebrea kafar, que significa cubierta). Por su sacrificio, todos los males que hemos cometido insensatamente pueden ser perdonados, cubiertos por su sangre. Su sacrificio por nosotros era esencial en el plan de Dios para eliminar el mal y traer justicia a todas las naciones.

En Hebreos 2:17 se nos dice esto acerca de Jesús: “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo”.

El pecado separa a los seres humanos de Dios. En Isaías 59:2 leemos: “pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”. La humanidad sólo puede ser reconciliada con Dios por medio de Jesucristo. ¿Cómo ocurrirá esto?

En el calendario bíblico utilizado por los judíos, el Día de Expiación ocurre cinco días antes de la Fiesta de los Tabernáculos (Levítico 23:27, 34). Ambas son ocasiones solemnes que tienen un enorme significado simbólico acerca del tiempo de restauración que la Biblia profetiza.

En las Escrituras hay muchas profecías que explican cómo Jesús va a revertir la ignorancia mundial y la oposición a los caminos de Dios. Cuando el tiempo de la restauración se haya completado, esos pasajes nos dicen: “No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento del Eterno, como las aguas cubren el mar” (Isaías 11:9).l

Para asegurarse de que esto ocurra, después de que Jesucristo regrese a la tierra hará que todas las naciones vayan a Jerusalén “para adorar al Rey, al Eterno de los ejércitos, y a celebrar la fiesta de los tabernáculos” (Zacarías 14:16).

El sacrificio de Jesucristo como expiación por los pecados de la humanidad es un tema que figura en muchos pasajes de la Biblia; está simbolizado particularmente en los sacrificios de animales en el Antiguo Testamento. Hasta hoy, entre el pueblo judío el Día de Expiación (Yom Kippur) es la ocasión más sagrada del año. Sin embargo, en la actualidad pocos reconocen a Jesús como su sacrificio expiatorio.

Examinemos ahora las profecías que dan una perspectiva de cómo Cristo va a traer la paz y la justicia a todas las nacio-nes durante su reinado milenario. Veamos también cómo el conocimiento y el entendimiento de su sacrificio expiatorio estarán disponibles para toda la humanidad.

El equipo de trabajo de Cristo

Jesús planea trabajar con un equipo competente de administradores que le ayudarán a gobernar a todas las naciones de una manera efectiva. La preparación de este grupo de trabajo se ha estado llevando a cabo desde hace mucho tiempo.

Por ejemplo, a sus 12 apóstoles Jesús les dijo: “De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mateo 19:28). En este contexto, “juzgar” se refiere a que tomarán decisiones concernientes a Israel.

Jesús les hizo esta promesa a sus siervos “llamados y elegidos y fieles” (Apocalipsis 17:14) de esta era: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3:21). Esta no es una promesa acerca de un futuro nebuloso en el cielo, como muchos suponen. ¡Es una promesa de participar literalmente en el reinado de Cristo!

¿Qué van a hacer en su reino estos siervos escogidos y fieles? La respuesta de Jesús es: “Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones” (Apocalipsis 2:26). ¡Esto se refiere a las naciones de este mundo!

Para hacer posible que sus fieles seguidores puedan cumplir cabalmente esta sorprendente responsabilidad, será necesario que primero Dios les dé inmortalidad (1 Corintios 15:51-55). Luego, serán para siempre ayudantes administrativos de Cristo.

Además, en su plan para llevar a cabo una renovación en justicia, Dios pretende poner una nación como modelo para que los demás pueblos tengan un ejemplo real y funcional que puedan imitar.

La restauración de todo Israel

Dios les dio a los antiguos israelitas oportunidad de convertirse en la nación modelo del mundo (Deuteronomio 4:5-8). También les dio la oportunidad de tomar decisiones, haciendo que su éxito fuera algo condicional. Pero, al igual que Adán y Eva, ellos generalmente no tomaron decisiones correctas.

Por medio de varios de sus profetas, Dios les reveló que en una época futura —cuando el Reino de Dios ya esté firmemente establecido bajo el gobierno del Mesías profetizado— las 12 tribus de Israel serán restauradas como un solo pueblo. Juntos vendrán a ser el modelo que el mundo necesita de una nación verdaderamente justa.

¿Cómo llevará a cabo Dios esto por medio del reinado de Jesucristo? Leamos la promesa bíblica a los descendientes de Israel acerca del futuro reinado del Mesías: “He aquí que vienen días, dice el Eterno, en que levantaré a David renuevo justo [Jesucristo], y reinará como Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. En sus días será salvo Judá, e Israel habitará confiado . . . Por tanto, he aquí que vienen días, dice el Eterno, en que no dirán más: Vive el Eterno que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra de Egipto, sino: Vive el Eterno que hizo subir y trajo la descendencia de la casa de Israel de tierra del norte, y de todas las tierras adonde yo los había echado; y habitarán en su tierra” (Jeremías 23:5-8).

Algo sobresaliente ocurrirá con los israelitas restaurados bajo el gobierno de Cristo cuando éste los convierta en gente verdaderamente justa. Esta es la promesa: “Y volveré a traer a Israel a su morada . . . En aquellos días y en aquel tiempo, dice el Eterno, la maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallarán; porque perdonaré a los que yo hubiere dejado” (Jeremías 50:19-20).

Aquí se está describiendo la conversión espiritual de todos los descendientes de Israel —incluidos los judíos— por medio de Jesucristo, después de que éste regrese.

Un tiempo de reconciliación

El apóstol Pablo, entusiasmado acerca de la futura reconciliación con Dios, escribió: “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio . . . todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador [Jesucristo], que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, cuando yo quite sus pecados . . . en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:25-29).

Pero antes de que Jesucristo pueda llevarlos al arrepentimiento, primero deben ser humillados por medio de un tiempo de “gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mateo 24:21). Entonces aquellos que sobrevivan estarán mucho más dispuestos a escuchar y obedecer.

Dios tiene varias razones para permitir semejante época de sufrimiento mundial, especialmente en lo relativo a Jerusalén. Él dice: “He aquí yo pongo a Jerusalén por copa que hará temblar a todos los pueblos de alrededor contra Judá, en el sitio contra Jerusalén. Y en aquel día yo pondré a Jerusalén por piedra pesada a todos los pueblos; todos los que se la cargaren serán despedazados, bien que todas las naciones de la tierra se juntarán contra ella” (Zacarías 12:2-3).

De hecho, Jerusalén se ha convertido en el centro del conflicto mundial, tal como Dios lo profetizó. Y a medida que se aproxima el regreso de Cristo, la situación irá de mal en peor. La profecía continúa: “Y en aquel día yo procuraré destruir a todas las naciones que vinieren contra Jerusalén” (v. 9). ¿Cómo va a suceder esto?

Dios explica: “Porque yo reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén; y la ciudad será tomada, y serán saqueadas las casas, y violadas las mujeres; y la mitad de la ciudad irá en cautiverio, mas el resto del pueblo no será cortado de la ciudad. Después saldrá el Eterno y peleará con aquellas naciones, como peleó en el día de la batalla. Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente; y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande . . . Y el Eterno será rey sobre toda la tierra. En aquel día el Eterno será uno, y uno su nombre” (Zacarías 14:2-4, 9).

Isaías 58:1-4 nos dice lo que Jesucristo les hará saber claramente en aquella época: “. . . anuncia a mi pueblo su rebelión, y a la casa de Jacob su pecado . . . ¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso; humillamos nuestras almas, y no te diste por entendido? He aquí que en el día de vuestro ayuno buscáis vuestro propio gusto, y oprimís a todos vuestros trabajadores. He aquí que para contiendas y debates ayunáis, y para herir con el puño inicuamente; no ayunéis como hoy, para que vuestra voz sea oída en lo alto”.

Sin lugar a dudas, el tema de estos versículos también formará parte de los mensajes que Jesucristo dará a los judíos de Jerusalén que sobrevivan después de su regreso. Les hará entender claramente a los sobrevivientes de todas las tribus de Israel quién es él. También les explicará los términos del nuevo pacto y lo confirmará con ellos (Jeremías 31:31-33).

El propósito especial de Dios de restaurarlos como su pueblo fue profetizado hace muchos siglos en Ezequiel 36:24-28: “Y yo os tomaré de las naciones, y . . . Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.

Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres, y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios”.

Jesús es aceptado como la expiación de Israel

Cuando los descendientes de los judíos y de las demás tribus de Israel entiendan que Jesús es realmente su Señor y Mesías, se arrepentirán sinceramente.

Veamos cómo el súbito entendimiento de la gravedad de sus pecados los va a afectar. “Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito” (Zacarías 12:10).

Dios va a cambiar la dureza de su corazón y la ceguera de su mente de tal forma que ellos puedan ver sus pecados y volverse a él con todo su corazón. Esta época de corrección, arrepentimiento y perdón es lo que desde los días de Moisés representa el Día de Expiación, un día solemne de ayuno.

Veamos lo que se nos dice en Hebreos 9:7-8: “Pero en la segunda parte [del templo, el Lugar Santísimo], sólo [entraba] el sumo sacerdote una vez al año [en el Día de Expiación], no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie”.

La sangre que se llevaba al Lugar Santísimo del tabernáculo en el Día de Expiación, siempre representaba la sangre derramada de Jesucristo como la única forma posible de cubrir los pecados de Israel cometidos en ignorancia.

Como parte del cumplimiento futuro del Día de Expiación, los sobrevivientes de las 12 tribus de Israel, incluidos los judíos, llorarán en arrepentimiento y serán perdonados en la presencia de Jesucristo. Lo reconocerán con todo el corazón como su Salvador y Rey, y desde Jerusalén comenzarán a ayudarle a traer a los demás pueblos y naciones, llevándolos al arrepentimiento.

Jerusalén, Ciudad de la Verdad

“Así dice el Eterno: Yo he restaurado a Sion, y moraré en medio de Jerusalén; y Jerusalén se llamará Ciudad de la Verdad, y el monte del Eterno de los ejércitos, Monte de Santidad” (Zacarías 8:3).

El impacto para el resto del mundo del ejemplo de esa nación espiritualmente convertida, Israel, regida por Jesucristo desde Jerusalén, será enorme.

“Por tanto, así ha dicho el Eterno el Señor . . . cuando los saque de entre los pueblos, y los reúna de la tierra de sus enemigos, y sea santificado en ellos ante los ojos de muchas naciones. Y sabrán que yo soy el Eterno su Dios, cuando . . . los reúna sobre su tierra . . . Ni esconderé más de ellos mi rostro; porque habré derramado de mi Espíritu sobre la casa de Israel, dice el Eterno el Señor” (Ezequiel 39:25-29).

En aquellos días “vendrán muchas naciones, y dirán: Venid, y subamos al monte del Eterno, y a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará en sus caminos, y andaremos por sus veredas; porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Eterno. Y él juzgará entre muchos pueblos, y corregirá a naciones poderosas hasta muy lejos; y martillarán sus espadas para azadones, y sus lanzas para hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se ensayarán más para la guerra” (Miqueas 4:2-3).

La intervención directa de Jesucristo en los asuntos mundiales comenzará y terminará el proceso de derrotar al mal. Dios nunca ha necesitado anteojos para ver el sufrimiento que hemos traído a nuestro mundo; él lo sabe todo. El problema es que nosotros nunca hemos tenido ojos para ver el plan de Dios y un corazón dispuesto a seguirlo y obedecerlo sinceramente.

Afortunadamente, Dios está llevando a cabo su plan de acuerdo con su perfecto amor y sabiduría, y el momento en que la humanidad será finalmente reconciliada con él está cada vez más cerca. ¡Que Dios apresure ese día! BN

 


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