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Marzo/Abril 2008
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¬ Artículo de Portada
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¬ Los 12 pasos de Narcóticos Anónimos
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¬ Un ejemplo y una lección para todos los tiempos
¬ El Sherlock Holmes del diseño inteligente
¬ La historia de un adicto: ¿Cuál es la raíz de las adicciones?
¬ La peor de las adicciones
¬ ¿Qué tiene de malo la naturaleza humana?
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El futuro de Jerusalén

Jerusalén, aunque santa para tres grandes religiones, es una ciudad que pareciera provocar perpetua violencia, sin soluciones equitativas. ¿Qué depara el futuro para esta ciudad tan largamente atribulada?

Por Gary Petty

¿Dónde está el sabio rey Salomón cuando lo necesitamos? ¿Dónde podemos encontrar la voz de la razón, la voz de la justicia, que pueda al fin traer la paz a las ensangrentadas calles de Jerusalén?

Para los judíos, Jerusalén es la ciudad de David, la capital de un glorioso pasado donde el templo de Salomón se erguía majestuoso como la gran casa construida en honor del Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Para los cristianos es el lugar de la muerte y resurrección de Jesús, el Cristo, el Salvador de la humanidad. Aquí fue donde Jesús fue crucificado por los romanos y, tres días y tres noches después, resucitado de entre los muertos tal como lo había profetizado. Para los musulmanes, es el lugar del santo Domo de la Roca.

Cuando Abraham, el padre tanto de judíos como de árabes, estuvo en la tierra de Canaán como un nómada errante, la ciudad ya era bien conocida. Caravanas de las civilizaciones que habían surgido a orillas del Tigris, del Éufrates y del Nilo iban a Jerusalén.

Los descendientes de Abraham: piezas claves de la historia

El Dios de las Escrituras hebreas les prometió a Abraham y a Sara un hijo, pero los años pasaron y la pareja continuaba siendo estéril; todo parecía indicar que Dios no iba a cumplir su promesa. Luchando contra la imposibilidad aparente de tener un hijo, ella ideó un plan para producir el tan anhelado heredero por medio de una madre sustituta (Génesis 16:1-2).

Sara le dio a Abraham su sierva Agar, y de esta unión nació Ismael, el padre de muchas naciones árabes.

Pero Dios tenía en mente algo distinto, y finalmente Abraham y Sara tuvieron un hijo, Isaac. Ismael fue llevado al desierto y así se sembraron las semillas de una futura confrontación entre los descendientes de Isaac e Ismael.

Dos generaciones más tarde, otra enemistad familiar, esta vez entre dos hijos de Isaac —Jacob, cuyo nombre fue cambiado por el de Israel, y Esaú— engendraría más enemistad en el linaje de la familia de Abraham.

Los descendientes de Jacob (o Israel), los israelitas, terminaron viviendo un largo período de esclavitud en Egipto, hasta que fueron llevados otra vez a Canaán guiados por Moisés. Unos pocos siglos después, alrededor del año 1000 a.C., el renombrado rey de Israel, David, arrebató Jerusalén de manos de los jebuseos. El hijo de David, Salomón, conocido por su gran sabiduría, reinó durante 40 años en la edad de oro de Israel.

La sangrienta historia de Jerusalén

Después de la muerte de Salomón, Israel se dividió en dos naciones que competían entre sí, con Jerusalén sirviendo como capital del reino del sur, conocido como Judá. En el año 586 a.C. los babilonios destruyeron la ciudad de David y más adelante le correspondió a una futura generación de judíos reconstruirla bajo la dirección de personajes como Esdras y Nehemías. Esto ocurrió durante el período del dominio persa, que fue seguido por el de los griegos.

La independencia judía floreció de nuevo, temporalmente, bajo los macabeos, y más tarde el espléndido templo fue desmantelado y reconstruido por Herodes el Grande. Pero las legiones romanas impusieron el dominio de Roma, y un conflicto continuo entre los romanos y los judíos fervorosamente independientes trajo la destrucción de Jerusalén y su templo en el año 70 d.C.

Pero la ciudad nunca desapareció por completo. Ocupada por los musulmanes árabes, fue el punto focal de las Cruzadas a medida que los europeos trataron de restaurar el dominio cristiano sobre la Tierra Santa. Aunque tuvieron éxito temporalmente, Jerusalén estuvo bajo el control musulmán durante los siete siglos siguientes.

En el siglo xx la Organización de las Naciones Unidas trató de mediar y lograr una solución pacífica para la ciudad, siempre sumida en conflictos. En 1948, cuando el mundo trataba de salir de los horrores de la segunda guerra mundial, la ONU creó una patria para miles de judíos que sobrevivieron a los campos de concentración de los alemanes nazis. Sin embargo, inmediatamente se desató un conflicto entre los judíos y los árabes, con Jerusalén nuevamente en el centro de la lucha.

Una victoria israelí trajo consigo un respiro, pero no una paz verdadera. La guerra estalló nuevamente en 1956, 1967 y 1973, a medida que los hijos de Abraham luchaban entre sí. Los israelíes han mantenido su dominio de Jerusalén desde 1967, a pesar de los numerosos intentos para convertirla en una ciudad internacional. Pero les han permitido a los árabes musulmanes permanecer en control del monte del templo.

El asombroso futuro de Jerusalén

Jerusalén desempeña un papel fundamental tanto en la historia bíblica como en el cumplimiento futuro de las profecías.

Jesús les dijo a sus discípulos que regresaría de una forma visible a la ciudad. En una profecía que dio mientras miraban a Jerusalén desde el monte de los Olivos, explicó: “E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria” (Mateo 24:29-30).

¿Adónde exactamente va a regresar Jesús? Uno de los profetas del Antiguo Testamento, Zacarías, fue inspirado a escribir: “He aquí, el día del Eterno viene ... Porque yo reuniré a todas las naciones para combatir contra Jerusalén; y la ciudad será tomada, y serán saqueadas las casas, y violadas las mujeres; y la mitad de la ciudad irá en cautiverio, mas el resto del pueblo no será cortado de la ciudad. Después saldrá el Eterno y peleará con aquellas naciones, como peleó en el día de la batalla. Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente ...” (Zacarías 14:1-4; comparar con Hechos 1:9-12).

Una de las grandes paradojas de la historia es el hecho de que para que el Príncipe de Paz ponga fin a la violencia y la contención, tenga que librar una batalla. Al principio, la humanidad no verá a Jesucristo como el Salvador sino como un invasor. Y es en la zona alrededor de Jerusalén donde se librará una batalla de proporciones cataclísmicas.

Entonces Jerusalén se convertirá en la capital de un gobierno mundial, organizado no por las Naciones Unidas ni por ninguna otra organización semejante, sino establecido por Jesucristo, el Hijo de Dios. BN


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