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| El mandamiento de Jesucristo: Que llevemos fruto en abundanciaJesús enseñó importantes lecciones respecto al “fruto” de nuestras vidas. ¿Cuáles son esas lecciones y qué tan bien las estamos aplicando? ¡De este conocimiento depende nuestra vida eterna!Por Donald HooserCuando escucha la palabra fruto, ¿qué es lo primero que se le viene a la mente? ¿Un refrigerio? ¿Un postre? ¿Sus frutas preferidas? La Biblia se refiere en muchas ocasiones a frutos literales, como aceitunas, uvas e higos. Y frecuentemente las palabras hebreas y griegas traducidas como “fruto” tienen un sentido simbólico. Todas las cosechas son consideradas “frutos de la tierra”. A los hijos se les llama “el fruto del vientre”. Las palabras son el “fruto” de la boca. Tanto en la antigüedad como en nuestros días, el término fruto se ha usado y se usa para referirse a resultados, productos, consecuencias, logros y realizaciones. Un empleado debe ser productivo para merecer su salario. Debe trabajar ardua, rápida e inteligentemente para completar su trabajo y hacerlo bien. En las Escrituras, fruto tiene significados similares. Definición del “buen” frutoEn ocasiones la Biblia compara a las personas con árboles frutales o vides, y representa a Dios como el propietario de los huertos y las viñas. Así como “por el fruto se conoce [se identifica] el árbol”, sea éste bueno o malo (Mateo 12:33), así también el Maestro conoce nuestro carácter por nuestros frutos espirituales. El deseo primordial de Dios es que todos los frutos resulten ser buenos, que sean “el fruto de justicia” (Santiago 3:18). Jesús advirtió: “Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego” para ser destruido (Mateo 7:19). Y ¿qué es lo bueno? Sólo Dios tiene la autoridad suprema para definir lo bueno y lo malo. Jesús prosiguió y dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (v. 21). Y ¿cuál es la voluntad de Dios en nuestras vidas? Él nos la revela por medio de las Sagradas Escrituras y está resumida en los dos grandes mandamientos y en el Decálogo (Mateo 22:36-40; 19:17). Tenemos que trazarnos grandes expectativas si queremos alcanzar grandes metas. La producción de frutos de calidad superior requiere esfuerzo, tiempo, paciencia y perseverancia (Santiago 5:7-11). Debemos ser fructíferosAdemás de producir buen fruto, Dios desea que lo produzcamos en abundancia, que seamos altamente productivos. Jesús dijo: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8). Notemos que la producción abundante de frutos ¡glorifica a Dios e identifica a los discípulos de Cristo! Más adelante Jesús declaró el propósito de nuestro llamamiento: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca” (v. 16). Por lo tanto, ¡debemos orientarnos hacia metas eternas y esforzarnos de todo corazón para alcanzarlas! La siguiente parábola es bastante instructiva: “Tenía un hombre una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no lo halló. Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después” (Lucas 13:6-9). El viñador pidió otro año, durante el cual podría abonar la tierra para estimular el crecimiento. Esto ilustra la paciencia que Dios tiene para con nosotros, “no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Un árbol frutal estéril, sin embargo, tarde o temprano será “cortado”. De nada sirve creer si no producimos fruto. Debemos crecerLas parábolas análogas en Mateo 25:14-30 y Lucas 19:11-27 ilustran cómo Dios enfatiza el crecimiento espiritual y los resultados. En cada relato, dos siervos obedientemente invirtieron el dinero que les fue entregado con el fin de que éste produjera utilidades para su amo. Pero el tercer siervo simplemente escondió el dinero para ahorrarlo. Su temor al fracaso le sirvió de excusa y le impidió siquiera hacer el intento. Esta parábola indica que debemos obedecer a Dios con fe y valentía aun cuando humanamente esta tarea sea intimidante. El siervo temeroso es llamado en la Biblia “malo y negligente” y además “inútil” (Mateo 25:26, 30). A cada uno de sus siervos productivos (fructíferos), el amo les dijo: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21, 23). ¡Ojalá que esto sea lo que escuchemos cuando Cristo vuelva a recompensar a sus siervos! Sin Dios es imposible llevar frutoRefiriéndose a sus actos milagrosos, Jesús dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo . . .” (Juan 5:19). Luego explicó: “. . . el Padre que mora en mí, él hace las obras” (Juan 14:10). ¡Tampoco nosotros podemos, por nosotros mismos, producir fruto espiritual! Para ello se requiere un milagro de Dios por medio de Jesucristo. Leamos y examinemos cuidadosamente lo que Jesús explicó a sus discípulos en la víspera de su arresto. Dijo: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto” (Juan 15:1-2). “Limpiar” se refiere a la misericordiosa disciplina del Padre para corregir nuestras faltas (Hebreos 12:5-11). “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:4-5). ¡Confíe en Dios y cosas grandiosas comenzarán a suceder! Permanecer en Cristo también incluye el permanecer en su iglesia, “el cuerpo de Cristo”, como lo expresan muchos versículos bíblicos (1 Corintios 12:12-14, 27; Efesios 1:21-22; 4:12). La función del Espíritu de DiosJesús dijo que podemos llevar fruto sólo si él “permanece” en nosotros (Juan 15:4-5) ¿Cómo es posible esto? Por medio del don del Espíritu Santo morando en nosotros. Y ¿cómo podemos recibir ese don? Pedro dijo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). El Espíritu de Dios hace muchas cosas. Imparte entendimiento espiritual (1 Corintios 2:10-14). Infunde la voluntad para obedecer, para ser como Cristo, quien dijo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Concede la habilidad para obedecer y amar mucho más profundamente de lo que el hombre por sí solo es capaz de hacer. Es el Espíritu “de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Con el Espíritu Santo la persona se revitaliza espiritualmente, ¡comenzando una nueva vida! El Espíritu de Dios es como la savia vigorizante que fluye por el tronco de un árbol a todas sus ramas para que éstas lleven fruto. Observemos la hermosa descripción que Dios hace de su pueblo, comparándolo con robustos árboles frutales: “Bendito el varón que confía en el Eterno, y cuya confianza es el Eterno. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto” (Jeremías 17:7-8; comparar con Salmos 1:3) En Gálatas, 5 Pablo dijo: “Andad en el Espíritu . . . Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu” (vv. 16, 25). El Espíritu de Dios nos capacita para comportarnos de acuerdo con los principios divinos, ¡para vivir una vida piadosa! Sin el Espíritu de Dios no somos nada más que simple carne mortal, y los frutos de la naturaleza humana son llamados “las obras de la carne” en los versículos 19-21. Después de mencionar estas “obras” pecaminosas, Pablo nos advierte que “los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (v. 21). Sin embargo, con la ayuda del Espíritu de Dios producimos algo completamente diferente: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (vv. 22-23). ¡Ese sí que es buen fruto! ¡Dios quiere que lo demos en abundancia! Las personas que son guiadas por el Espíritu adquieren estas maravillosas virtudes del carácter piadoso debido al Espíritu Santo que actúa interiormente en ellos. El mérito de estos frutos pertenece a Dios y a Jesucristo, quienes proveen ese Espíritu. Y Dios nos permite llevar estos frutos únicamente cuando nos esforzamos por dar de nosotros mismos a los demás. Este fruto se manifiesta en las relaciones personales. El Espíritu de Dios es como un río (Juan 7:38), que sólo puede fluir hacia nosotros en la medida en que fluye de nosotros hacia los demás. En una serie de futuros artículos examinaremos cada uno de los aspectos especiales del Espíritu Santo mencionados en Gálatas 5, para entenderlos cabalmente y para ver cómo podemos cultivarlos y usarlos para servir a Dios y a nuestro prójimo. A medida que examinamos estas cualidades espirituales, no olvidemos que debemos concentrarnos en la principal lección que Jesús nos enseñó en cuanto al fruto en nuestras vidas: ¡Que sea bueno y muy abundante! BN |
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