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Julio / Agosto 2008
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El poder para transformar su vida
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Noticias de actualidad del mundo científico
   

 

El Espíritu de Dios:
El poder para transformar su vida

Jesucristo está cultivando “fruto” sobrenatural en las vidas de sus discípulos. Para comprender este milagroso efecto, primero debemos entender su asombrosa causa y su fuente primordial: el Espíritu de Dios.

Por Donald Hooser

La gente quiere poder! Poder motorizado y computarizado. Poder político, económico y militar. Poderes físicos y mentales. Y poder espiritual.

Pero lamentablemente, la mayoría de las personas buscan ayuda en los lugares equivocados. Algunas están convencidas de poseer poderes síquicos internos que pueden desatar. Otras están convencidas de que existe una misteriosa “energía universal” con la que pueden alinearse. Y otras cuantas hasta recurren directamente al espiritismo.

Muchas personas cifran sus esperanzas en alguna de las innumerables religiones falsas que existen, que pueden no ser cristianas o ser falsamente cristianas. Es posible que escojan alguno de los antiguos “ismos” o cierta filosofía de la llamada “nueva era”. Es también común el enfoque en que una persona selecciona ideas de varias religiones para crear la combinación que más le parezca.

Poder asombroso

Lo que la humanidad necesita con más urgencia es el poder espiritual de nuestro Dios creador, la fuerza que él nos ofrece para gobernar nuestras vidas, resolver nuestros problemas y conducirnos a la paz verdadera. Este es el combustible de la transformación espiritual. Y más importante aún, para quienes reciben ese Espíritu, “el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gálatas 6:8).

Pero ¿qué es exactamente este Espíritu?

Primero, no es algo con lo que nacemos. Solamente puede ser adquirido como un don de Dios, después de que uno cree la verdad que se encuentra en la Biblia, se arrepiente de sus pecados y es bautizado para el perdón de los pecados (Hechos 2:38-44).

En segundo lugar, y contrariamente a la tradición popular, la Biblia revela que el Espíritu Santo no es la tercera persona de la Trinidad. (De hecho, la palabra trinidad nunca se menciona en la Biblia, y en los registros históricos ¡apenas se alude a ella tres siglos después de que se terminara de escribir la Biblia!)
En realidad, la Biblia muestra que el Espíritu Santo es la naturaleza y la esencia de Dios el Padre y de su Hijo Jesucristo. En efecto, “Dios es Espíritu” y es, además, la fuente del Espíritu Santo (Juan 4:24). “El Espíritu”, “el Espíritu de Dios” y “el Espíritu de Cristo” se usan como sinónimos en Romanos 8:9.

En la Biblia, el Espíritu de Dios es comparado con el agua (con la que uno “se bautiza”), con ríos (que “fluyen”), con aceite (que es “vertido”), con una nube (que “llenó el templo”) y con fuego (que uno puede “apagar” o “avivar”). Estas comparaciones no tendrían sentido si el Espíritu Santo fuese una persona.

El Espíritu de Dios emana de él y se irradia a todas partes, lo cual explica la omnipresencia de Dios; es decir, cómo él puede estar presente en todas partes en todo momento. Como David escribió: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Salmos 139:7).

La forma en que Dios “transmite” por medio de su Espíritu se ha hecho más fácil de entender a partir de la invención de la radio y la televisión. Podemos disfrutar de imágenes y sonidos en nuestro propio hogar como si estuviéramos en el mismo estudio de televisión. Podemos tener una perfecta “recepción” de Dios sin importar dónde nos encontremos.

Dios usa su Espíritu como su “control remoto”. Cuando “creó Dios los cielos y la tierra”, usó el poder del “Espíritu de Dios” (Génesis 1:1-2). Después de alabar la creación divina, el salmista escribió: “Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Salmos 104:30).

Desde que terminó la creación, Dios ha utilizado su Espíritu para sustentar y mantener el universo. Toda la creación funciona perfectamente de acuerdo con las leyes de la naturaleza, las cuales Dios puso y mantiene en acción.

Dios no sólo imparte conocimiento mediante su Espíritu, sino que además éste le permite estar consciente de todas las cosas. “Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme. Has entendido desde lejos mis pensamientos . . . Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Eterno, tú la sabes toda” (Salmos 139:2, 4). Esto significa que por medio de su Espíritu, Dios es omnisciente, es decir, que ¡posee un conocimiento absoluto!

Y Dios es omnipotente: ¡dueño de un poder universal e ilimitado! Es El Sadday, el Dios todopoderoso. Por lo tanto, “todas las cosas son posibles para Dios” (Marcos 10:27), ya sea dividir el mar Rojo, transformar agua en vino, sanar a los enfermos o resucitar a los muertos. Con cada milagro, Dios está usando el infinito poder de su Espíritu.

Quizá el milagro de mayor envergadura haya sido cuando el Padre envió su Espíritu para fecundar a una joven virgen llamada María (Mateo 1:18, 20).

El milagro continuo más grande

Esto nos lleva al desafío más grande del mundo: ¡la transformación de la naturaleza humana! Esta conversión espiritual se lleva a cabo en las personas que Dios ha llamado y que están sometiéndose y comprometiendo sus vidas a él.

Este proceso es lento si se le compara con los milagros instantáneos, porque Dios le ha dado al hombre libre albedrío, es decir, libertad para escoger. Como un maestro alfarero con su arcilla, Dios pacientemente forma su naturaleza en nosotros a medida que nos sometemos a él.

¡El gran desafío es la naturaleza rebelde del hombre! Jesús mencionó los males que salen “del corazón de los hombres” (Marcos 7:20-23). Pablo describió la corrupción del carácter de quienes vuelven su espalda a Dios (Romanos 1:24-32), y más adelante explicó cómo los males de la humanidad “irán de mal en peor” en los tiempos del fin (2 Timoteo 3:1-7, 13).

Pablo también se refirió a los repulsivos rasgos de la naturaleza humana como a “las obras de la carne”. Concluyó su lista diciendo que “los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21).

Como malezas nocivas en un viñedo, los pecados deben ser extirpados. “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría” (Colosenses 3:5). El Espíritu de Dios es el poder que nos libra de ser “esclavos del pecado” (Romanos 6:16-18).

Dios identificó el problema de toda la humanidad cuando dijo: “¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos . . .” (Deuteronomio 5:29). ¡Todos los seres humanos necesitan un transplante de corazón espiritual!

Por medio de su profeta Ezequiel, Dios dijo: “Convertíos y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina. Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo . . .” (Ezequiel 18:30-31).

Otra profecía para toda la humanidad afirma: “Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” (Ezequiel 36:26), un corazón dócil y receptivo.

Tener el Espíritu de Dios morando en uno es la esencia de lo que define a un verdadero cristiano, a un hijo de Dios. Pablo escribió: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros” (Romanos 8:9). Y “todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (v. 14).

¡La vida de uno puede ser transformada espiritualmente como resultado de seguir la guía del Espíritu Santo y de confiar en su poder! Y es también el Espíritu Santo el que faculta a la iglesia para llevar a cabo la obra de Cristo en la tierra, preparando así el camino para su retorno (Lucas 24:46-49; Hechos 1:8).

El “fruto del Espíritu” prometido

Así como un productor de frutas espera mucho más que hojas bonitas, Dios no se sentirá complacido si sólo somos personas religiosas y bondadosas. Lo que él quiere es que seamos siervos productivos que crezcan espiritualmente y que al mismo tiempo lo sirvan a él y a su prójimo en cada oportunidad que se les presente.

Recordemos que por nuestra propia cuenta los seres humanos nada podemos hacer que sea espiritualmente bueno (Juan 15:5). ¡Por ello es que necesitamos el Espíritu de Dios para guiarnos y capacitarnos!

Cada uno de nosotros fue creado para ser “templo del Espíritu Santo” (1 Corintios 6:19; 2 Corintios 6:16). Por esto es que el apóstol Pablo pudo decir: “vive Cristo en mí” y “nosotros tenemos la mente de Cristo” (Gálatas 2:20; 1 Corintios 2:16). Y cuando Cristo vive en uno, lo cambia. Su obra es un trabajo completo de renovación, para hacer que nuestro carácter se convierta en una réplica del suyo.

El Espíritu de Dios es necesario para entender las verdades espirituales de la Biblia (1 Corintios 2:7-16). El conocimiento de la palabra de Dios es indispensable para el crecimiento espiritual. La Biblia y el Espíritu Santo son sinérgicos, es decir, cada uno es más eficaz gracias a la influencia del otro. En cierto sentido, la Biblia nos guía desde afuera, mientras que el Espíritu Santo nos guía desde adentro.

Dios literalmente inspira nuestro entendimiento cuando coloca su Espíritu en nosotros. Sin él, las personas sólo pueden comprender algunas partes de la verdad espiritual, algo semejante a contemplar las piezas de un rompecabezas sin poder visualizar la imagen completa.

Además, el Espíritu de Dios nos concede deseo, motivación, fuerza de voluntad, celo y fuerzas para poner en práctica el conocimiento espiritual. Dios prometió: “Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré” (Hebreos 8:10). Cuando esa nueva naturaleza echa raíces, la persona, al igual que el autor del Salmo 119, comienza a amar las leyes de Dios (v. 97).

Efectivamente, ¡el Espíritu de Dios cambia profundamente a las personas! Pablo escribió que “el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza” (Gálatas 5:22-23). En esta serie de artículos vamos a examinar detalladamente cada uno de estos aspectos para entenderlos y aprender a ponerlos en práctica en nuestra vida diaria.

Cabe mencionar aquí que aunque la palabra fruto es singular, Dios tiene muchas características que se complementan para formar en conjunto su carácter santo. Juan resumió el carácter de Dios en una sola palabra: “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Pero tal como podemos distinguir los colores individuales de un arcoíris cuando la luz blanca pasa a través de un prisma, es muy provechoso que examinemos cada atributo del carácter de Dios.

La producción de fruto exige paciente perseverancia

Después de ser bautizado, el creyente recibe el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38). Los nuevos discípulos de Jesucristo comienzan como niños espirituales, pero Dios espera que crezcan rápidamente hasta convertirse en cristianos maduros (Efesios 4:11-16). Para lograrlo, necesitamos nutrirnos espiritualmente con el alimento diario de la oración, la lectura de la Biblia y la meditación, y esforzándonos por vivir de toda palabra de Dios (Mateo 4:4).

Después de que la persona ha recibido la dádiva del Espíritu Santo, ¿por qué no produce instantáneamente fruto en abundancia? Imaginemos un árbol frutal saludable a comienzos de la primavera. Recibe abundante agua y sol, y su savia fluye con vigor. Y puede que hasta exhiba incipientes frutos, pero no son apetecibles hasta que crecen completamente y maduran.

Igualmente, un nuevo discípulo de Jesucristo tiene un inmenso potencial, pero comienza con frutos “verdes” o inmaduros. Para poder dar frutos suculentos y maduros, tenemos que ayudar al Dueño del huerto con nuestra propia horticultura —nuestro propio cultivo de frutos— día tras día, por el resto de nuestras vidas.

Santiago lo expresó muy bien: “Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca” (Santiago 5:7-8). BN

 


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