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Enero / Febrero 2010
» Contenidos de esta Edición
¬ ¿Por qué fallan nuestros gobiernos?
¬ Cuatro claves bíblicas para comprender los eventos mundiales
¬ Sufrimiento: Cómo empezó y cómo terminará
  Cómo describía Pablo su forma de pensar antes de la conversión
  Lo que Job aprendió por medio del sufrimiento
¬ Europa y la iglesia, Parte V: La identidad del cuerno pequeño
  Tres de los primeros cuernos, arrancados de raíz
¬ Dominio propio:
Gobierne su vida por el poder de Dios

Dominio propio: Gobierne su vida por el poder de Dios

En esta serie de artículos acerca del fruto del Espíritu, llegamos a la última de las nueve virtudes—dominio propio. De todas las cosas que tenemos que gobernar en esta vida, con mucha frecuencia ¡el propio ser es el desafío más grande!

Por Donald Hooser

Los juegos olímpicos de invierno están programados a celebrarse en febrero de 2010 en Vancouver, Colombia Británica. Para los atletas que esperan competir, ¡esta fecha está muy próxima! Ellos saben que para ser el mejor en cualquier deporte, deben entrenar durante muchos años.

El apóstol Pablo comparó nuestra vida con una carrera. El escribió al respecto: “¿No saben que en una carrera todos los corredores compiten, pero sólo uno obtiene el premio? Corran, pues, de tal modo que lo obtengan. Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre.

“Así que yo no corro como quien no tiene meta... Más bien, golpeo mi cuerpo y lo domino, no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo quede descalificado” (1 Corintios 9:24-27, Nueva Versión Internacional, énfasis nuestro).

En la más importante de todas las carreras, la carrera por la vida eterna, todos podemos ser vencedores. No necesitamos competir con las demás personas. Pero Pablo dijo: “corran de tal modo”, como un atleta olímpico que compite por la medalla de oro.

Aquellos de nosotros que queremos el “premio eterno”, deberíamos preguntarnos ciertas cosas:

• ¿Soy tan dedicado y entusiasta como un atleta olímpico?

• ¿Estudio las Escrituras de la misma forma en que un atleta estudia cómo desempeñar de manera óptima el deporte que practica?

• ¿Cuán rápido busco ayuda de mi entrenador (por medio de la oración y el estudio de la Biblia)?

• ¿Me mantengo enfocado en mi meta a largo plazo?

• ¿Estoy dispuesto a sacrificarme con tal de alcanzar mi meta?

• ¿Estoy decidido a perseverar hasta el fin, cruzando la línea de meta sin renunciar jamás? (Mateo 24:13).

Probablemente no podemos responder afirmativamente a estas preguntas todos los días de nuestra vida. Pero debemos luchar a lograrlo. Esto implica que debemos responsabilizarnos cargo de nuestra vida—el aspecto final de la lista del “fruto del Espíritu”.

Dominio propio: el último, pero no el menos importante

Pablo hizo una lista de nueve características divinas que constituyen el fruto del Espíritu de Dios—el efecto interior y exterior de tener el don del Espíritu Santo morando en nosotros. Estas son: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23).

¿Es la secuencia de las nueve virtudes algo importante? Lo primero que aparece es el amor, que claramente es el más importante (1 Corintios 13:1-2, 13). ¿Es entonces el dominio propio, el último, el menos importante? Todo lo contrario, el dominio propio es supremamente importante. Pablo lo enfatiza conjuntamente con “la justicia…y el juicio venidero” (Hechos 24:25).

Tal vez el dominio propio aparezca en el último lugar de la lista como la característica que resume a todas las demás—ya que se requiere de dominio propio para ejercer las otras ocho virtudes restantes. Se necesita este dominio propio tan sólo para controlar nuestra lengua (Santiago 1:26; 3:2).

Claramente, estas nueve virtudes trabajan entre si y se respaldan mutuamente. Por ejemplo, la paciencia es lo opuesto de la impaciencia. Muchas personas son regidas por sus sentimientos y no pueden controlar su ira. De hecho, una medida de la madurez es el control emocional. ¡Algunos adultos todavía tienen exabruptos emocionales!

La mejor forma de dominio propio tal vez sea huir

Todos enfrentamos tentaciones en nuestra vida. Cuando nos enfrentamos con la tentación, debemos luchar, y si es posible alejarnos al máximo, ¡huir! Aunque usted piense que tiene mucho dominio propio, no lo ponga a prueba si no es necesario.

Veamos algunas cosas de las que debemos huir: “huir” de un engañador (aquel que nos enseña mentiras), “huid de la inmoralidad sexual” (como José, literalmente, huyó; Génesis 39:12); “huid de la idolatría”, huid de “toda forma de maldad”, “huid de las pasiones juveniles” (Juan 10:5; 1 Corintios 6:18; 10:14; 1 Timoteo 6:10-11; 2 Timoteo 2:22).

Necesitamos dominio propio para evitar no sólo el mal, sino para no abusar de las cosas buenas. Proverbios 25:16 nos advierte: “¿Hallaste miel? Come lo que te basta, no sea que hastiado de ella la vomites”.

Con frecuencia las personas carecen de dominio propio y no se detienen cuando deberían hacerlo. Las personas comen en exceso, toman en exceso, son demasiado autoindulgentes en muchas cosas. Debemos gobernar nuestros apetitos en lugar de permitir que nuestros apetitos nos gobiernen a nosotros. La autoindulgencia nos puede conducir a la intoxicación y/o a la adicción. ¡En ambos casos, la persona está fuera de control!

Con frecuencia, el dominio propio implica resistir las tentaciones sexuales, un tema tratado muchas veces en la Biblia. Trágicamente, los parámetros de la moralidad y la modestia están derrumbándose a nuestro alrededor. Los pecados sexuales son especialmente dañinos—física, mental, emocional y espiritualmente (1 Corintios 6:13-20).

Jesús y sus apóstoles dejan muy claro que Dios nos hace responsables de cada pensamiento pecaminoso, y de nuestras erróneas acciones. Debemos librar una guerra espiritual, “llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:4-5).

Jesús dijo “que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:28). Debemos seguir el ejemplo de Job, que dijo: “Yo había convenido con mis ojos no mirar con lujuria a ninguna mujer” (Job 31:1, NVI).

Toda mujer debe ser consciente de cuán fácilmente puede ser responsable de que el hombre peque en su mente. Cuando una mujer expone ciertas partes de su cuerpo que sólo su esposo debe ver, otros pueden ser atraídos y tentados. La mujer que desee agradar a Dios debe decidir “no poner tropiezo (una tentación) u ocasión de caer (en pecado) al hermano” (Romanos 14:13).

¿Es poderosa la fuerza de voluntad?

La palabra griega traducida como “dominio propio” es egkrateia, derivada de otras dos palabras griegas—en y kratos. En significa “dentro”, y kratos significa “fuerza” o “poder”. De kratos se derivan palabras en español tales como democracia (el poder o el gobierno del pueblo) y teocracia (gobierno de Dios).

De estas raíces griegas vemos que egkrateia significa básicamente el poder o la fortaleza interior. ¿De cuál poder está hablando?

Aun sin la ayuda directa de Dios, algunas personas tienen un carácter relativamente fuerte. Sus hábitos positivos pueden ser el resultado de una buena crianza, aunada a la sabiduría adquirida por la experiencia—tal vez combinada también con una determinación innata. Pero no debemos confundir esto con lo que la Nueva Era erróneamente enseña, en el sentido de que todos tenemos una reserva de poder dentro de nosotros mismos que sólo espera poder salir y manifestarse.

Pablo dijo claramente que “los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7). Esto significa que la mente humana normal por sí misma no es capaz de sujetarse completamente a la ley de Dios. Por lo tanto, ¡necesitamos el “poder interior” que proviene de Dios!

Jesús dijo: “el espíritu (la actitud) a la verdad está dispuesto, pero la carne (la fuerza de voluntad) es débil” (Mateo 26:41). Por ejemplo, los discípulos de Jesús, trataron de acompañarlo, pero cuando las cosas se complicaron, lo abandonaron (v. 56).

Por lo tanto, el verdadero dominio propio no consiste en controlarnos a nosotros mismos. Para tener realmente el control de nuestras vidas, es necesario que tengamos el poder de Dios.

“El poder de lo alto”

Poco antes de ascender al cielo, Jesús dijo a sus discípulos: “…recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8). Lucas 24:49 agrega que los discípulos debían esperar en Jerusalén hasta que recibieran el “poder de lo alto”.

De hecho, 10 días después, cuando 120 de los discípulos de Cristo estaban reunidos celebrando el festival anual de Pentecostés, súbitamente fueron “todos llenos del Espíritu Santo” y el poder de Dios fue demostrado de una forma espectacular (Hechos 2:1-4).

A medida que una gran multitud se reunía, Pedro explicó lo que una persona debía hacer para recibir el Espíritu Santo de Dios: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).

¿Cuáles son los beneficios de tener el Espíritu Santo? Hay muchos, pero uno de los más importantes es que nos da entendimiento espiritual—la capacidad de entender verdaderamente la Biblia (1 Corintios 2:9-11, 14).

Entonces, cuando tenemos “entendimiento espiritual”, debemos agregar “dominio propio” (2 Pedro 1:5-8). En otras palabras, el Espíritu Santo nos imparte la fortaleza de carácter para que podamos aplicar y vivir ese conocimiento. Y a medida que nos va transformando, podemos ver un incremento en los efectos o “fruto” de tener el Espíritu Santo dentro de nosotros.

La ayuda de la disciplina en el aprendizaje

¿Cuál es el propósito de la disciplina de los padres? Debe ser la de enseñar a un niño a ejercer la autodisciplina. Eventualmente, la autodisciplina se convierte en un buen hábito cuyo valor es evidente a lo largo de la vida.

Jesucristo quiere que seamos sus discípulos. El dijo: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Juan 8:31). Por lo tanto, ser discípulos incluye aprender la autodisciplina y la obediencia. ¡Esto trae grandes recompensas!

Jesús también dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23). Jesús no estaba diciendo que practicáramos el ascetismo o que lleváramos una vida monacal. Pero con mucha frecuencia, debemos decir no a nuestros deseos egoístas para poder decir sí a la voluntad de Dios.

Dios no va a pasar por encima de la voluntad y el libre albedrío que cada persona tiene para tomar decisiones en la vida. Pero en tanto le permitamos estar presente en nuestra vida, él nos concederá “tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad” (Filipenses 2:13, NVI).

Dos proverbios establecen un contraste entre aquellos que no tienen dominio propio y el valor de tenerlo. El primero dice: “Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda” (Proverbios 25:28). Está sin defensa y condenado a la derrota.

El segundo afirma: “Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu que el que toma una ciudad” (Proverbios 16:32).

Para todos nosotros, el peor enemigo siempre ha sido nuestro propio yo. Pero, con la gran ayuda de Dios, ¡podemos poco a poco conquistar y someter al enemigo!

Cada uno de nosotros debe aprender a gobernarse a sí mismo, para ser vencedores y, tal como lo ha prometido en Apocalipsis 3:21 y 20:6, para que podamos reinar con Cristo en su Reino. BN


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