Sufrimiento
Cómo empezó y cómo terminará
Por Roger Foster
Nuestro mundo está sumido en sufrimiento y miseria. ¿Por qué? ¿Cuál es el origen de todo esto? ¿Por qué está en todas partes? Y más importante aún, ¿planea Dios hacer algo al respecto?
La Biblia nos dice que Dios creó a los seres humanos a su propia imagen y nos dio el privilegio de gobernar—“de tener dominio”—sobre el resto de su creación terrenal (Génesis 1:26-28). Sin embargo, nos damos cuenta que hay muchos aspectos de la vida humana aquí en la tierra que no están completamente bajo nuestro control.
El sufrimiento humano es un ejemplo sobresaliente. Que un Dios, todo poderoso y lleno de amor, permita que los seres humanos experimenten un sufrimiento terrible, es algo que deja perplejas a muchas personas. Algunos llegan hasta a utilizar el sufrimiento humano como una justificación para negar la existencia de Dios.
Por supuesto, necesitamos entender que el sufrimiento se convirtió en algo posible cuando Dios creó seres con libre albedrío—capaces de escoger entre el bien y el mal. Podría haberlos programado de tal forma que fueran como robots incapaces de escoger mal; pero sin libre albedrío, tales criaturas también habrían sido incapaces de tener una relación verdadera con él, de la forma en que él quería—de la misma forma en que nosotros deseamos tenerla con otros.
Gran parte de la angustia humana viene como resultado de las malas decisiones que las personas toman con el libre albedrío que les ha sido dado. Ellos hacen daño a otros y a sí mismos, y Dios en estos momentos está permitiendo que aprendamos importantes lecciones por el camino difícil.
Veamos un par de ejemplos en las Escrituras que nos muestran cómo Dios está permitiendo que las personas aprendan de las consecuencias de sus acciones:
“La pereza hace caer en profundo sueño, y el alma negligente padecerá hambre” (Proverbios 19:15, énfasis nuestro). También leemos: “El iracundo tendrá que afrontar el castigo; el que intente disuadirlo aumentará su enojo” (v. 19, Nueva Versión Internacional).
Un principio fundamental de las Escrituras, nos resume muy bien lo que estos ejemplos nos enseñan: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7).
La guerra nos ilustra claramente que la humanidad cosecha lo que ha sembrado. Millones de seres humanos han quedado lisiados, han sido muertos, y aún eliminados sistemáticamente, por la guerra. Analicemos un ejemplo moderno de ello.
En la primera parte del siglo 20, Adolfo Hitler, por medio de engaños y de tretas, le dio rienda suelta a su deseo de poder, con lo que condujo a la tragedia global de la Segunda Guerra Mundial.
Uno de los episodios más oscuros de esa guerra fue la exterminación premeditada de los Nazis que cobró la vida de seis millones de judíos en lo que ahora conocemos como el Holocausto. El genocidio desatado por él es un clásico ejemplo de la falta de humanidad del hombre con el hombre.
Este ejemplo histórico nos permite entrever la increíble angustia, el sufrimiento y la muerte que las decisiones y acciones humanas pueden causar. Ningún período de la historia humana ha estado exento de tales aflicciones, que con frecuencia ocurren a una escala gigantesca.
¿Por qué el mundo se debate en semejante sufrimiento? ¿Qué pretende hacer Dios al respecto?
El gran engañador
El ser que más ha contribuido al sufrimiento humano es uno de los primeros personajes que aparecen en la Biblia. Disfrazado como una serpiente astuta, él es el gran arquitecto de los engaños. Dios lo llama por lo que él es, el adversario (Satanás), el acusador calumniador (el diablo) que ha influenciado el mundo de muchas formas.
La Biblia se refiere a él como “el príncipe de este mundo”, “príncipe de la potestad del aire, y el “dios de este siglo” (Juan 12:31; Efesios 2:2; 2 Corintios 4:4) ¿Cómo llegó a existir este ser tan malévolo?
Al discutir con el patriarca Job, Dios se refiere al tiempo “cuando yo fundaba la tierra” (Job 38:4). En esa ocasión “se regocijaban todos los hijos de Dios” (v. 7). Aquí vemos que Dios había creado a los ángeles aun antes de que hiciera la tierra.
Pero uno de esos seres angelicales se rebeló contra Dios. Con sus engaños él convenció a la tercera parte de los ángeles, quienes a su vez se convirtieron en los adversarios de Dios (Apocalipsis 12:4). Como resultado de esto, “ni se halló ya lugar para ellos en el cielo: Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (vv. 8-9).
Lo que Dios quería al darnos una vida temporal en un cuerpo físico, era otorgarnos el tiempo y la oportunidad que necesitamos para desarrollar el mismo carácter que tiene Dios.
Aquellos que triunfen en desarrollar un carácter divino, recibirán el don de la vida eterna como hijos e hijas en la familia perfecta de Dios (Efesios 3:14-19; 2 Corintios 6:17-18). Aquellos que acepten el don de la salvación, gracias al increíble sacrificio y la ayuda espiritual de Jesucristo, van a recibir un poder más grande que el de Satanás y sus demonios. Como escribió el apóstol Pablo: “¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?” (1 Corintios 6:3).
En la Biblia podemos ver el antagonismo que Satanás tiene hacia el plan de salvación de Dios para la humanidad. Su motivación es el odio intenso, porque entiende lo que Dios tiene reservado para nosotros. Ésta, al menos, es una razón por la cual Satanás y sus ángeles caídos están tratando a cada momento de desviar a los seres humanos de la verdad e Dios. Ellos no quieren que el plan que Dios tiene para la humanidad tenga éxito y tratan por todas las formas de oponerse.
Una de las herramientas más útiles de Satanás es el engaño. Apocalipsis 12:9 nos habla de “el gran dragón…el cual engaña al mundo entero”. Su engaño masivo ha llevado a la humanidad a seguirlo a él en lugar del verdadero Dios; el sufrimiento causado por el pecado es una de sus consecuencias.
¿Por qué están cegadas espiritualmente las mentes de las personas?
Este es el patrón establecido por Adán y Eva, quienes decidieron creer y seguir a Satanás en lugar de Dios. Al igual que a ellos, Dios nos ha dado la libertad de escoger. Pero en esta época Dios no ha abierto las mentes de la mayoría de las personas para que puedan comprender esta elección.
Una tendencia constante de la naturaleza humana interfiere constantemente con la relación que todas las personas y naciones tienen con Dios. Se origina en la presión natural que nuestros impulsos y deseos carnales y egoístas ejercen en las decisiones que tomamos.
Como el apóstol Pablo les explicó a los cristianos en la antigua ciudad de Éfeso, “todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:3). Como resultado de esto, nuestro enfoque de la vida es básicamente egoísta.
Pablo también les explicó a los cristianos en Roma: “porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios” (Romanos 8:6-8). Las fuerzas engañosas de la mente carnal son muy poderosas.
El “Espíritu” que menciona Pablo es el Espíritu de Dios. Él lo describe como un espíritu “de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7).
El dice además a aquellos que se comprometan por completo con las enseñanzas de Dios, “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13). El Espíritu de Dios es el poder divino que les permite a los siervos de Dios reconocer y someter las inclinaciones egoístas y nocivas de la carne.
¡Las implicaciones de lo que Pablo afirma son muy claras! Sin la ayuda de Dios—por medio del poder de su Espíritu—ningún ser humano es capaz de percibir correctamente y aplicar los principios de amor y de conducta responsable que las Escrituras nos enseñan. Sin esta ayuda, todos seguiríamos contribuyendo a la miseria y sufrimiento personal y colectivo.
Las motivaciones naturales de todos los seres humanos son una mezcla de bien y de mal—con el mal continuamente menoscabando el bien. Esto es lo que Pablo describe acerca de sí mismo y esto es lo que tiene que ser cambiado en cada uno de nosotros.
Por esta razón Pablo nos dice: “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Romanos 3:10-12).
El profeta Jeremías lo explicó tan claramente: “Conozco, oh Eterno, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos; castígame, oh Eterno, mas con juicio; no con tu furor, para que no me aniquiles (Jeremías 10:23-24).
Reconocer la necesidad de la guía de Dios—y además, su corrección, como Jeremías lo hizo, es el primer paso fundamental para entender realmente a Dios y sus enseñanzas.
La dureza del corazón y sus consecuencias
Pablo describió el enfoque de las personas de su época de una forma que se puede aplicar a toda la humanidad: “Teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza” (Efesios 4:18-19).
En el centro de estas motivaciones hay un egoísmo que distorsiona el pensamiento de las personas y moldea sus elecciones. Millones de personas escogen fumar aun cuando saben que es algo dañino. Lo que comienza como una decisión con frecuencia termina en una adicción que esclaviza.
Estas adicciones son la punta del iceberg de las decisiones dañinas que conducen al sufrimiento—y por las cuales Dios es culpado con frecuencia. En realidad, ellas ilustran por qué la dureza del corazón de la humanidad es un obstáculo serio para cambiar de una manera contundente hacia la dirección correcta.
Es interesante anotar que la palabra corazón en las Escrituras en muy contadas excepciones se refiere al órgano que se encarga de bombear la sangre a través de nuestro cuerpo. La mayoría de las veces se está refriendo a un estado mental, a la forma en que las personas piensan y sienten—especialmente a las motivaciones que afectan sus decisiones y acciones. En la actualidad, el corazón de la humanidad—estado mental—es reaccionar a las leyes de Dios con incredulidad y hostilidad, sin entender que definen el amor que todas las personas y naciones deberían tener entre sí.
Esta hostilidad mental continuará hasta el regreso de Jesucristo. Ahora, Dios está permitiendo que la humanidad coseche lo que siembra. Él está permitiendo a los individuos y a las naciones que ensayen todo camino posible de vida, sin importar cuán contrario sea a sus principios.
Él también ha determinado un momento para que Jesucristo regrese, con el propósito de establecer un gobierno mundial divino que se va a encargar de imponer sus principios de justicia y cambiar la forma de pensar de la humanidad. Entonces veremos cambios increíbles en la relación de Dios con todos los pueblos del mundo. Aprenderán a pensar como Dios piensa—según los principios que encontramos en las Escrituras.
En aquella época—“Vendrán muchos pueblos, y dirán: Venid, y subamos al monte del Eterno; y nos enseñará en sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Eterno” (Isaías 2:3). ¡Las actitudes y forma de pensar del mundo entero serán transformadas!
Las diferentes etapas del plan de rescate de Dios
La Biblia nos revela que estos cambios van a ocurrir en dos momentos distintos. El primero comienza con el regreso de Jesucristo a la tierra, como Rey de Reyes. El segundo comenzará mil años después—con la resurrección de todos aquellos que han muerto sin establecer una relación de obediencia con Dios.
En el momento del regreso de Cristo, habrá millones de sobrevivientes angustiados y exhaustos, de la época profetizada como de una “gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mateo 24:21). Con estas personas y sus hijos comenzará la primera transformación masiva del comportamiento y el carácter humanos y que se extenderá por un período de mil años.
¿Quiénes van a colaborar con Jesucristo para efectuar todos estos cambios? Apocalipsis 20: 6 nos da la respuesta: “Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años”.
Estas personas resucitadas a una vida eterna en la primera resurrección, van a ayudar a Jesucristo a enseñar y transformar a todos los seres humanos que estén dispuestos a cambiar su pensamiento y forma de vida. Bajo las condiciones ideales de vida que habrá en aquella época, es evidente que muchas personas se van a arrepentir, a someter sus vidas a Dios y a recibir el Espíritu Santo.
Dado que los convertidos siervos espirituales de Dios serán resucitados de los muertos en la primera resurrección, ¿qué ocurrirá con el resto de los muertos?
Aquí tenemos la respuesta: “Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años” (v. 5). El hecho de que vuelvan a vivir es algo importante. Ellos serán el segundo grupo de personas reeducadas que tendrán la oportunidad de tener sus mentes, corazones y entendimiento transformados.
En aquella época, billones de personas que habrán vivido y muerto—con poco entendimiento de su egoísta forma de pensar y del plan que Dios tiene para resucitarlos—serán vueltos a la vida para recibir la maravillosa oportunidad de cambiar sus caminos y su forma de pensar.
Esto es lo que escribió el apóstol Pedro: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9).
El plan de Dios incluye dos grandes períodos de tiempo—uno que comienza con la segunda venida de Cristo y otro mil años más tarde—para que este deseo se convierta en una maravillosa realidad.
Aprendiendo del resultado de las malas decisiones
En su plan maestro de salvación, la prioridad máxima de Dios es desarrollar en cada persona las mismas características de carácter y autodisciplina que él y su hijo Jesucristo tienen en su forma de pensar, en las decisiones y acciones que llevan a cabo. En varias etapas de su plan, aquellos que voluntariamente estén dispuestos a obedecerlo, van a recibir la vida eterna como sus hijos glorificados. El perdón de sus pecados a través del sacrificio de Jesucristo es un aspecto decisivo de este plan.
Pero, un aspecto crucial de nuestro desarrollo de este carácter divino es aprender a amar a Dios y a sus caminos por encima de todo lo demás. Para lograrlo tenemos que aprender, por medio de la experiencia personal, el dolor y el sufrimiento que conlleva el pecado—el rechazo de los caminos de Dios.
Debemos aprender la necedad de escoger nuestros propios caminos—que con demasiada frecuencia son el reflejo de los caminos de Satanás- frente a la decisión de obedecer a Dios y su camino. Dios desea que entendamos que cada cambio que hagamos en nuestra vida que nos lleve a obedecer sus leyes, trae un progreso a nuestra existencia, mientras que cada pequeña acción que nos aleje de sus leyes, traerá consecuencias nocivas, que con frecuencia incluyen sufrimiento.
De hecho, esta es la razón por la cual el mundo está lleno de sufrimiento en la actualidad. Dios desea que el hombre aprenda las lecciones de hacia dónde lo conducen las malas decisiones y la forma errada de vivir—de tal forma que rechace este camino y nunca quiera volver a transitarlo.
El fin del sufrimiento
Desde el comienzo, Dios ha tenido un plan a largo plazo para preparar hijos e hijas a los cuales pueda darles la vida eterna, como sus hijos glorificados.
Pero él primero creó al ser humano como algo mortal, sujeto a muerte. Al hacerlo, aseguró que la vida eterna jamás sería otorgada a aquellos que, bajo las más favorables circunstancias, de una forma rebelde, se nieguen a aceptar su ley, que define el amor divino. “Toda la ley se resume en un solo mandamiento: Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Gálatas 5:14, NVI).
Cuando se cumpla el plan de Dios, ¡no va a quedar vestigio de sufrimiento!
Veamos la forma en que el apóstol Juan describe el resultado final de todo esto: “Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar… Oí una potente voz que provenía del trono y decía: ‘¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! El acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios... Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir’ El que estaba sentado en el trono dijo: ‘¡Yo hago nuevas todas las cosas!’ Y añadió: ‘Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza’” (Apocalipsis 21:1-5, NVI).
Pablo entendió el maravilloso y misericordioso plan de Dios. Y por inspiración divina nos dio la clave y la perspectiva correcta de la razón por la cual Dios permite el sufrimiento en esta época. En Romanos 8:18-23 él afirmó lo mismo que todos debiéramos afirmar:
“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.
“Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo”.
¡Que Dios traiga pronto este día! ¡Que llegue pronto esa época en la cual toda la humanidad va a compartir este futuro maravilloso y el sufrimiento ya no existirá más! BN
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